FEDERICO ABIZANDA
Fundación Seminario de Investigación para la Paz
A pesar de que los estudios y debates sobre las migraciones se centran casi exclusivamente en su impacto en las sociedades y los países de destino, lo cierto es que tienen fuertes implicaciones también en origen.
Uno de esos efectos directos más importantes se canaliza a través de las remesas -el dinero que las personas migrantes envían a sus familias y comunidades- que alcanzaron 905.000 millones de dólares en 2024, de los cuales unos 685.000 se destinaron a países de ingreso bajo y mediano.
De hecho, es un dato generalmente desconocido que las remesas enviadas por los trabajadores migrantes son la primera fuente de financiación de los países en desarrollo, por encima tanto de la Ayuda Oficial al Desarrollo que aportan los Estados e Instituciones multilaterales como de la Inversión Extranjera Directa de las empresas.
Una fotografía general del fenómeno nos muestra que, por volumen, la India encabeza el ranking de receptores a nivel mundial seguida por México, Filipinas, Francia, Egipto, Pakistán y China. En términos relativos, representan el 25% del PIB de gran parte de los países de Centroamérica. Y Estados Unidos es el primer emisor global seguido por Arabia Saudí, Suiza y Alemania. En el caso de España, las remesas enviadas suponen 12.207 millones de euros en 2025, (un 0,72% de nuestro PIB) siendo Colombia, Marruecos y Ecuador los principales países de destino.
Estos recursos se destinan de forma prioritaria a cubrir necesidades básicas (alimentación, salud, vivienda y educación) y se estima que un incremento de los mismos del 10% puede reducir hasta en tres puntos porcentuales la proporción de población en situación de pobreza.
Su principal virtud es que constituyen un flujo de financiación muy estable que actúa como una red de seguridad contracíclica (aumenta en períodos de crisis) y que estimula la economía local al dedicarse principalmente al consumo. Además, favorece la inclusión financiera de colectivos desfavorecidos abriéndoles el acceso al crédito y al ahorro.
Del lado contrario, una entrada masiva de divisas en los países de origen puede llegar a generar una indeseable apreciación del tipo de cambio, así como fomentar la dependencia del exterior y aumentar la desigualdad entre las familias que reciben remesas y las que no.
Uno de los principales retos de la gestión de las remesas es reducir sus elevados costes de transacción.
A pesar de que Naciones Unidas se ha fijado como meta reducirlas por debajo del 3%, la media mundial de las comisiones aplicadas por agencias especializadas o bancos sigue situándose en torno al 6,5%, alcanzando picos cercanos al 8% en el caso de envío de dinero a países de África Subsahariana.
Este coste desorbitado está en el origen del uso de vías informales que se estima que podrían llegar hasta el 50% del volumen oficial.
Aunque no podemos trasladar la responsabilidad de desarrollar las economías de origen a las rentas privadas de los trabajadores migrantes, nos enfrentamos al desafío de integrar estos flujos financieros en las estrategias de desarrollo de los países de origen, transformando parte del uso de las remesas en inversión productiva y sostenible.
Los migrantes contribuyen y enriquecen las economías de las sociedades de acogida y cargan sobre sus hombros parte del bienestar de sus países de origen.
Es de justicia reconocer esta doble contribución.
