Hablemos de economía Opinión

Igualdad humana es justicia natural

Antonio Morlanes Remiro

PRESIDENTE DE ARAGONEX

aragonex@aragonex.com · www.aragonex.com

El planeta Tierra tiene una superficie total de 510 millones de kilómetros cuadrados, de los cuales el 30% es masa terrestre y el 70% es agua. Veamos qué podemos hacer los 8.000 millones de habitantes con los 149 millones de kilómetros cuadrados que pisamos. Esto dicho de forma general, pues es difícil contar con espacios desérticos, glaciares u otros lugares poco idóneos para nuestra especie.

Si entramos en materia, lo entenderemos mejor. La superficie cultivable supone el 13% del suelo terrestre; los pastos permanentes, el 26%; los bosques y zonas arboladas, el 32%; las áreas urbanas, el 1,5%; y el resto —desiertos y otros lugares como ya he mencionado— representa el 30%. Como dato curioso, podemos deducir que a cada habitante del planeta le corresponderían 287 metros cuadrados de suelo urbano y 25.000 metros cuadrados de espacio cultivable y pastos permanentes. Esto sería así si la igualdad se entendiese como un valor absoluto; sin embargo, la realidad nos aleja radicalmente de ese reparto, algo en lo que sin duda influyen el poder y la ambición.

La equidad en nuestra especie dista mucho de cumplir su propósito principal: aceptar que los 8.000 millones de habitantes somos iguales y, por tanto, merecemos las mismas oportunidades y derechos

Todo lo expuesto hasta aquí, basado en información real y en el impacto que supone para la humanidad, debe entenderse como una utopía que, en este modelo de sociedad, no conduce a ninguna parte. No obstante, nos muestra cómo la equidad en nuestra especie dista mucho de cumplir su propósito principal: aceptar que los 8.000 millones de habitantes somos iguales y, por tanto, merecemos las mismas oportunidades y derechos. Por el contrario, la distribución actual de la riqueza sitúa a la población en estratos sociales sumamente distantes: el 1,2% de la población adulta concentra el 47,8% de la riqueza mundial, mientras que el 53,2% apenas posee el 1,1%. En la franja intermedia se sitúa un 45,6% con cierta comodidad económica (un patrimonio de entre diez mil y un millón de dólares), un tramo en el que debería encontrarse la totalidad de las personas.

Lamentablemente, la distribución actual tiende a polarizarse aún más a favor de los más acomodados. Esto afectará no solo a los sectores más vulnerables, sino también a la clase media, especialmente en su tramo más bajo. Todo ello sin olvidar que quienes ostentan mayores fortunas pagan, proporcionalmente, menos impuestos, ya que disponen de más y mejores instrumentos financieros para optimizar su situación fiscal dentro de la legalidad.

Miguel Delibes, en su novela El hereje, afirma que «el dinero hay que ennoblecerlo, el dinero en sí mismo no tiene importancia y menos aún si no se debe a tu esfuerzo». Esa es la consideración que debemos darle, especialmente hoy, cuando todo parece medirse por el patrimonio acumulado. Tal es la obsesión que motiva a ese grupo de megarricos, a menudo sin conciencia, de que su abundancia perpetúa la pobreza de la mayoría.

Quienes ostentan mayores fortunas pagan, proporcionalmente, menos impuestos, ya que disponen de más y mejores instrumentos financieros para optimizar su situación fiscal dentro de la legalidad

Considero que ha llegado el momento de refundar nuestra especie y, con ella, nuestras instituciones. Todo debe encaminarse hacia un objetivo que dé sentido a la existencia en la Tierra. No me cansaré de recordar la naturaleza efímera de nuestra vida: la gran mayoría de nosotros, una vez alcanzado el final, desapareceremos en poco tiempo del recuerdo de las siguientes generaciones. Quienes perduran en la historia suelen hacerlo por dos motivos: porque su maldad causó un grave perjuicio a sus contemporáneos —como ocurrió con Hitler—, o justo por lo contrario, porque se esforzaron por mejorar la existencia de los demás, cuyo mejor exponente podría ser Aristóteles. Reflexionemos, pues, sobre el papel que desempeñamos en nuestro breve paso por el mundo.

El economista John Kenneth Galbraith declaraba que «la verdadera prosperidad de un país se mide, una vez satisfechas sus necesidades reales, por la atención que presta a los servicios públicos». Esta afirmación resulta decisiva, pues lo que la historia juzgará es cómo hemos gestionado el bienestar colectivo durante la época que nos tocó vivir. Este es el verdadero sentido de la igualdad, la cual no se manifiesta en contra de la libertad de las personas, sino que la potencia, permitiendo que cada persona la ejerza sin más límites que sus propias fuerzas y aspiraciones.

Desde el inicio de este artículo he procurado plantear la necesidad de priorizar la equidad para todos los miembros de la especie humana. Si bien al principio lo abordé desde un plano utópico para hacer comprensible su enorme valor, he querido subrayar mediante Galbraith que la mejor gestión de los servicios públicos es la herramienta imprescindible para reducir la desigualdad al mínimo posible —sabiendo que siempre existirá un pequeño margen inevitable—. Dichos servicios deben tener como prioridad garantizar el bienestar de la sociedad en su conjunto y, muy especialmente, el de los más necesitados.

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