Hablemos de economía Opinión

Inflación, una ficción muy cara

Antonio Morlanes Remiro

PRESIDENTE DE ARAGONEX

aragonex@aragonex.com · www.aragonex.com

Creo que es difícil encontrar un país con mayor patriotismo que el nuestro, quizás en el uso de la bandera nos gane Estados Unidos, pero en el resto de cosas, sin duda, no. Todos nos dejamos la piel por defender la patria, que nadie se atreva a cuestionar nuestro papel como nación, pero también debemos admitir, aunque no sea nada más que en la intimidad, que sufrimos un cierto grado de bipolaridad. 

Cuando viene una pandemia y, por el bien general, se restringe la entrada a locales de ocio,  ponemos el grito en el cielo ―nos quitan la libertad― es la frase más escuchada en todas las tertulias y debates políticos o cuando se produce una guerra en Europa y la Unión Europea decide poner vetos económicos al país atacante, nuestras vidas tienen condicionamientos en su forma sacrificada de realizarla por cuestiones externas, volvemos de nuevo a explotar. 

Sin embargo, decir hasta la extenuación que se es español y que nadie se meta con España, en especial los migrantes, en eso sí somos patriotas.

Continuando con nuestra España, aunque geográficamente sea una península, política y socialmente podríamos afirmar que es un archipiélago.

Es muy difícil que frente a una adversidad seamos capaces de unirnos para afrontarla y salir de ella lo mejor posible y, como si fuésemos islas, nos dedicamos a defender nuestra parcela frente al resto. 

No nos centramos en el problema que, por una razón u otra, se ha originado, sino que nos dedicamos en exclusiva a que nuestra cuota parte sea la que se salve de la quema. 

Y, como afirmaba al inicio, nuestro patriotismo es único en el mundo (permítanme el sarcasmo), aunque en realidad podríamos llamarlo individualismo porque no nos importa lo que sucede con el conjunto, solo prestamos atención a lo nuestro, pero lo cierto es que todo se resolvería mejor desde la unidad.

Pues bien, en estos momentos nuestro principal problema es una inflación que se sitúa muy por encima de lo soportable por los ciudadanos. Viene producida en primer lugar por la pandemia y en segundo lugar por la guerra de Ucrania, con algunas cuestiones domésticas que han ayudado a desbocarla. 

El reto al que nos enfrentamos es contenerla, lograr que sea lo más temporal posible, volver a la dichosa (en todos sus conceptos definitorios) normalidad, y conseguir, a la mayor brevedad, el objetivo que tiene marcado a medio plazo el Banco Central Europeo, el 2%.

Pero analicemos el porqué y el cómo de esta inflación. Está claro que no es algo que se produzca como castigo divino por nuestro comportamiento en la tierra, sino que debemos ser conscientes de que es un problema que generamos nosotros basado en la avaricia, que no ambición, por acumular riqueza. 

Cuando por condiciones naturales o humanas afrontamos una crisis económica, como en el momento actual, se produce una disminución de la oferta de los hidrocarburos y del gas y aquellos que continúan suministrando, como la relación oferta es menor que la demanda, suben los precios, no porque sus costes se hayan incrementado, sino porque tienen más clientes para la misma cantidad de producto. 

La consecuencia de lo anterior es que venden el mismo volumen de producto y tienen mayores beneficios. Segunda consecuencia: los que compran cualquier bien o servicio, y han visto incrementado el importe de estos, deciden subir los precios incluso a aquellos que esos incrementos no les afectan, supongo que por simpatía con los anteriores o quizás porque nadie lo va a cuestionar. Tercera consecuencia: todo el que puede sube el precio de lo que va a vender.

Pero no crean que esto termina aquí, además de esta escalada de precios, los provocadores se sienten víctimas e instan al gobierno de turno a que los ayude con subvenciones y a que les baje los impuestos. 

Para conseguirlo generan tensión social que hace que los ciudadanos se dividan en grupos, de no se sabe qué condición, y en esa batalla de mil bandos se incrementa el consumo por miedo al desabastecimiento, baja la oferta de bienes y servicios y se disparan, una vez más, los precios. 

En esa debacle como reina la anarquía, y para que sirva de guinda del pastel, se produce una escasez de materias primas, y ¿quiénes son los paganos? Es fácil, los más necesitados que no tienen capacidad de respuesta.

Una vez visualizado el escenario estamos en la obligación de plantearnos las soluciones a toda esta problemática. Como cuestión principal, que nos atañe a todos, rebajar la importancia del consumo, este tendría que ser más racional; los salarios deberían equilibrarse con la productividad y moderar los beneficios en consonancia de garantizar un fondo de comercio, y, por último, procurar una permanente innovación en la empresa.

Si somos capaces de entender y afrontar los problemas de manera global, con toda seguridad, la inflación será un mal menor, que, con los instrumentos monetarios de los bancos centrales dirigidos a reducir la cantidad de dinero en la economía, así como la subida de tipos de interés, sin duda, se controlará.

Claro que para eso los originadores del desastre deben ser capaces de contener su voracidad ganancial. Como ejemplo: las compañías eléctricas, que no solo incrementan sus beneficios como avaros obsesivos, sino que además piden menos impuestos. 

Lo hacía el presidente de Iberdrola, señor Galán, que en el año 2021 tuvo unos ingresos salariales de 13,2 millones de euros. Qué es más justo: ¿pagar impuestos para todos o un despropósito de mundo para uno solo?

En definitiva, no hay hecho más artificial e irresponsable que la inflación que la pagamos todos, unos más que otros. Llevemos la moderación y la solidaridad a nuestra sociedad. Ganaremos todos.

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