MARKETING & DISEÑO DE VIAJES Y EVENTOS
@javierlozanozgz www.javierlozano.net
Hay destinos que se visitan… y otros que se descubren. Uzbekistán pertenece claramente al segundo grupo.
Durante siglos fue el corazón de la Ruta de la Seda, el lugar donde comerciantes, sabios y aventureros cruzaban desiertos y montañas para intercambiar seda, especias y conocimientos. Hoy, ese espíritu sigue vivo en sus ciudades legendarias: Samarcanda, Bujará y Jiva.
Pero lo sorprendente es que Uzbekistán sigue siendo, en cierto modo, un secreto.
Ahora es probablemente el mejor momento para viajar allí. El país se ha abierto al turismo internacional, ha simplificado visados y ha mejorado sus infraestructuras. Y, al mismo tiempo, conserva algo que cada vez escasea más en el mundo: autenticidad.
Todavía puedes caminar por una medina sin hordas de turistas, sentarte a conversar con un artesano o perderte por un bazar donde el tiempo parece detenido.
Además, Uzbekistán es un país extraordinariamente seguro para el viajero. La sensación de tranquilidad es constante y la hospitalidad de su gente hace que uno se sienta bienvenido desde el primer momento.
Samarcanda es, quizá, la ciudad más evocadora de Asia Central. Cuando uno entra en la plaza del Registán, rodeado de tres madrasas cubiertas de azulejos turquesa, entiende por qué los viajeros medievales la describían como una de las ciudades más bellas del mundo.
Al atardecer, cuando la luz dorada acaricia las cúpulas azules, el lugar adquiere una atmósfera casi irreal.
Bujará, en cambio, seduce de forma más íntima. Sus callejuelas de adobe, sus caravasares y sus patios silenciosos evocan la vida de los antiguos mercaderes que hacían aquí una pausa tras semanas atravesando el desierto.
Es un lugar para caminar sin prisa, dejarse sorprender y sentarse a tomar un té mientras cae la tarde.
Jiva parece directamente un decorado de cuento oriental. Toda la ciudad antigua está rodeada por murallas de barro y sus minaretes verdes emergen entre casas de color arena.
Cuando cae la noche y las calles se vacían, uno tiene la sensación de haber viajado varios siglos atrás.
Guardo un recuerdo especialmente emotivo de un pequeño bazar en Bujará. Un anciano vendedor de alfombras me invitó a sentarme a su lado. No hablábamos el mismo idioma, pero con gestos, té caliente y muchas sonrisas, terminamos compartiendo una conversación silenciosa.
Antes de despedirme me dijo, en un inglés muy rudimentario: “En Uzbekistán, el huésped es un regalo de Dios”.
Aquella frase resume mejor que cualquier guía lo que significa viajar aquí.
Uzbekistán no solo impresiona por su arquitectura monumental o por la historia que respiran sus ciudades. También lo hace por la hospitalidad sincera de su gente.
Y quizá por eso quienes lo visitan vuelven con la sensación de haber descubierto uno de los últimos grandes destinos auténticos del mundo.
Un lugar donde la historia no está en los museos, sino en las calles.
Y donde la Ruta de la Seda, de algún modo, sigue viva.
us, luctus nec ullamcorper mattis, pulvinar dapibus leo.
+(34) 669 817 249 / +(34) 876 643 011