María Jesús Lorente Ocáriz
Presidenta de ZEPYME
Se repite con frecuencia que nadie es imprescindible. Y, en el plano estrictamente institucional, seguramente sea así: las organizaciones se sostienen sobre normas, procedimientos y estructuras que garantizan su continuidad más allá de las personas concretas. Sin embargo, cuando trasladamos esa idea al terreno de la economía real, conviene introducir un matiz esencial. Hay ámbitos, actores y realidades de los que, sencillamente, no se puede prescindir sin que el conjunto se resienta. Y entre ellos ocupan un lugar central las pequeñas y medianas empresas.
Las pymes y los autónomos no son una categoría secundaria dentro del sistema productivo. Son, en muchos casos, su base más sólida, más próxima y más comprometida con el territorio. Son quienes sostienen buena parte del empleo, quienes mantienen viva la actividad en polígonos, barrios y comarcas, quienes asumen riesgos en contextos de incertidumbre y quienes, con enorme esfuerzo, combinan cada día gestión, inversión, innovación, cumplimiento normativo y atención directa a clientes y trabajadores. Hablar de pyme no es hablar de una dimensión menor de la empresa; es hablar de una forma de hacer economía profundamente vinculada a la realidad cotidiana de nuestro país y de nuestra comunidad.
Los datos de empleo invitan a una lectura prudente. Es cierto que el mercado laboral mantiene cierto pulso, pero también lo es que aparecen señales que obligan a no caer en la autocomplacencia. La desaceleración en determinados ritmos de afiliación, la fragilidad del contexto internacional y la incertidumbre que afecta a la inversión recuerdan una verdad básica: el empleo no se sostiene por inercia. Se sostiene porque hay empresas que pueden planificar, invertir, contratar y crecer en un entorno razonablemente estable.
Y ahí radica una cuestión de fondo que no debería perderse de vista. La política económica no puede tratar la realidad empresarial como un debate abstracto ni como una construcción alejada de sus efectos concretos. Cada decisión pública tiene consecuencias directas sobre quienes levantan la persiana, pagan nóminas, acometen inversiones o deciden si amplían plantilla. Para una gran corporación, determinados cambios pueden absorberse con más margen; para una pyme, en cambio, cualquier alteración del marco regulatorio, fiscal, laboral o económico puede traducirse en una decisión aplazada, en una contratación que no llega o en una inversión que se paraliza.
Aragón se encuentra, además, en un momento especialmente relevante. Nuestra comunidad ha logrado proyectarse como un territorio con capacidad industrial, atractivo logístico y potencial tecnológico. Son fortalezas indiscutibles que abren oportunidades de crecimiento y transformación. Pero sería un error interpretar ese horizonte solo en clave de grandes cifras o grandes anuncios. Detrás de cada inversión estratégica existe una red empresarial mucho más amplia, compuesta por pequeñas y medianas empresas, profesionales autónomos, proveedores, instaladores, transportistas, comercios y servicios que hacen posible que esa actividad llegue realmente al territorio. Cuando la confianza se debilita, no solo se enfrían los grandes proyectos; también se resiente todo ese tejido silencioso que sostiene la economía de proximidad.
Por eso resulta tan importante reivindicar el papel de la pyme con realismo y con convicción. No desde una visión retórica, sino desde el reconocimiento de su verdadero peso económico y social. La pyme no solo crea empleo. Fija población, genera cohesión, aporta estabilidad, vertebra el territorio y mantiene una relación directa con las necesidades de su entorno. Cuando una pyme crece, crece con ella una cadena de valor entera. Cuando una pyme desaparece, la pérdida no se limita al cierre de una actividad mercantil: se debilita un ecosistema económico y social que difícilmente se reemplaza a corto plazo.
En este contexto, reconocer a las empresas que destacan, innovan y perseveran tiene un valor que va más allá del gesto simbólico. Supone enviar un mensaje claro sobre qué modelo económico queremos impulsar y proteger. Reconocer a quienes emprenden, generan actividad y se mantienen firmes en escenarios complejos significa también situar a la empresa en el lugar que le corresponde dentro del debate público: no como sujeto pasivo al que exigir constantemente, sino como protagonista imprescindible del desarrollo.
Ser pyme es, en definitiva, asumir cada día la responsabilidad de sostener proyectos, equipos y territorios. Es hacerlo con cercanía, con capacidad de adaptación y con una enorme vocación de permanencia. Y precisamente por eso, porque su contribución resulta insustituible para la economía real, conviene afirmar sin reservas que ser pyme no es una condición accesoria ni menor. Es, verdaderamente, ser imprescindible.
