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Miguel Mena: «‘Puente de Hierro’ tiene mucho de homenaje a la generación que vivió la posguerra»

Miguel Mena

Escritor

Miguel Mena publicó este año la novela ‘Puente de hierro’ (Pregunta Ediciones) en la que hace un recorrido por el último medio siglo de historia de Zaragoza y en la que se reflexiona sobre la familia como pilar en la construcción del individuo y sobre las relaciones personales a lo largo del tiempo. 

Esta novela familiar de transformación está protagonizada por Carmen, una muchacha que comparte muchas vivencias con el propio Mena. Charlamos con él en esta entrevista sobre su última obra y otros proyectos.

La idea de escribir ‘Puente de Hierro’ surgió en el confinamiento. ¿Cómo fue el proceso?

El edificio que aparece en la portada es un clásico de la Zaragoza del desarrollismo de los años sesenta, cuando se construyen esas colmenas de viviendas. Yo vivo enfrente y estoy acostumbrado a verlo y en el confinamiento todos pasamos mucho tiempo mirando por la ventana. Además, cuando salíamos a aplaudir lo tenía enfrente. Lo veía todos los días, pero fijándome, observándolo con detenimiento. Pensé en lo que había detrás de ese edificio y en que quería escribir una historia relacionada con ese edificio que comienza a construirse a principio de los años sesenta. Entonces de ahí surge la idea. El chispazo es “¿Quién vive en esa casa? ¿Qué historia ha tenido la gente en un barrio humilde que ha cambiado mucho?”.

El punto de partida sí que fue el confinamiento, un poco por el aburrimiento de mirar por la venta.

¿Cuánto hay de usted en la protagonista, Carmen, y en sus vivencias?

Hay mucho, el libro tiene mucho de autobiográfico. A Carmen le he puesto cosas de mi vida, pero muchas otras son ficción. De hecho, para diferenciarlo bien quise que la protagonista fuera una mujer, porque además está escrito en primera persona y así marcaba una diferencia. Además, aunque tiene una vinculación con el periodismo, ella no es locutora de radio. Pero sí que hay mucho de mí y sobre todo de mi familia porque una vez que tenía la primera idea de escribir algo relacionado con gente viviendo en ese edificio, lo que hice para hablar de una familia fue tirar del hilo de mi propia familia. Es una novela realista.

En la novela vemos cómo cambia la sociedad a través de las diferentes generaciones, especialmente en lo relativo a la política: la generación de los padres de Carmen tiene miedo a significarse, el hermano y primos mayores son más políticamente activos y Carmen ya no está tan comprometida. ¿Quería reflejar esas diferencias en la forma de interactuar con la política?

Sí, yo he reflejado cosas que he vivido de cerca y aunque Carmen, la protagonista, tiene dos años menos que yo, sí que es parte de una generación que éramos adolescentes cuando murió Franco y que vivimos ese cambio, pero no tanto lo provocamos como nuestros hermanos mayores que tuvieron que pelear más contra la dictadura, que se significaron más o estuvieron en movimientos clandestinos. Nosotros cuando teníamos 16 o 17 años ya empezó la democracia.

Sí que la novela tiene mucho de homenaje a la gente mayor que yo, incluida la generación de mi hermano que es mayor que yo, pero sobre todo a la generación de mis padres, la generación que vivió la posguerra.

Ha comentado en otras ocasiones la importancia que tienen en esta novela las mujeres, aquellas que vivieron la guerra de niñas, y que sirvieron como nexo de unión de la familia.

Cuando eres pequeño no te das cuenta, pero cuando eres mayor reflexionas y ves la vida y la unión que había en la familia a través de las mujeres. Yo he pensado en mi madre y en sus hermanas porque nuestros veranos en la infancia eran ir de tía en tía, literalmente. Eran siempre las mujeres las que mantenían los nexos familiares. Recuerdo, como sale en la novela, los hombres yéndose al bar a tomar vinos y las mujeres se quedaban preparando la comida, eso era muy típico.

Fue gente a la que la guerra les partió la infancia y la adolescencia. Cuando yo era joven no me daba cuenta de eso, cuando tienes una edad bastante avanzada es cuando reflexionas lo que fue para ellos esa vida tan dura. Era dura, pero a la vez la llevaban con bastante alegría, eran mujeres que cantaban mucho, que tenían una alegría natural dentro de la desgracia.

Esta es su primera novela familiar. ¿Le ha servido para reflexionar sobre el papel de la familia en nuestra cultura?

Sí, es mi primera novela familiar. Ya tengo bastantes novelas, 13, y en total 21 libros, pero no había escrito una novela familiar. Hay una cosa que he reflexionado: yo tengo ahora 63 años y mantengo contacto con muchos de mis primos y primas, aunque no nos veamos.

Por ejemplo, hay primos míos con los que a través de Facebook ahora estamos en contacto y ese sentimiento de que somos una familia se mantiene. Yo creo que es algo como muy español.

He pasado alguna temporada en Inglaterra y conozco otros países y creo que es mucho de países mediterráneos que, aunque no te veas, hay un sentimiento familiar muy fuerte que se mantiene y yo lo he reflejado ahí porque yo lo vivo ahora. Con mis primos que ya somos todos mayores de sesenta años, seguimos manteniendo un vínculo muy especial y cuando te ves, aunque hayan pasado cinco años, te das dos besos, te alegras. La familia en España sigue siendo un pilar importantísimo.

Zaragoza es un personaje más en esta novela y se transforma a lo largo de las décadas. No solo se reflejan los cambios urbanísticos sino también aquellos sucesos que han quedado grabados en la memoria colectiva. ¿Cuáles le impresionaron más?

Algunos de los sucesos que cuento, como Tapicerías Bonafonte o el incendio del Hotel Corona, sucedieron cuando yo todavía vivía en Madrid. Los que más me han tocado de cerca fueron el atentado de la casa cuartel, que me impactó mucho, y el incendio de la discoteca Flying, porque además ese día me tocó trabajar mucho. Yo era joven y aunque no había ido a esa discoteca, conocía el lugar.

Lo quieras o no, las tragedias se quedan en la memoria colectiva. Las grandes alegrías también, pero ¿qué son grandes alegrías? Que Zaragoza gane un título o la Expo y poco más. Porque las Fiestas del Pilar son una gran alegría, pero se repiten cada año. Pero sucesos alegres hay muy contados y los trágicos dejan una huella en la ciudad muy importante.

En ‘Puente de hierro’ se incide en el carácter milenario de la ciudad, de hecho, el marido de Carmen siente verdadera pasión por la Zaragoza romana, ¿es una pasión que comparte con usted?

Sí, de hecho, lo que he puesto del marido de Carmen es mi pasión por el pasado romano, me gusta mucho. Hay una cosa que sale en la novela y que hago con las visitas que vienen de fuera: me gusta llevarlos al cruce de la calle Mayor con Don Jaime y decirles que ese cruce existe desde hace 2000 años porque en realidad tampoco hay tantas ciudades tan antiguas en España: Tarragona, Mérida, Cádiz, pero por ejemplo Madrid o Barcelona no existían [en la época romana]. El carácter de Zaragoza, el poso que le ha dejado el pasado romano para mí es muy importante.

Ese personaje, aunque lo pongo de forma un poco humorística, está apasionado por ese paisaje del recuerdo.

 Además, hay que tener en cuenta que el pasado romano en Zaragoza en realidad empieza en los años ochenta que es cuando se empieza a sacar todo porque el teatro romano, las termas o el foro han estado tapados hasta hace cuatro días. Creo que Zaragoza, en estos últimos años, se ha congraciado con su pasado romano, que era importante. A mí me gusta presumir de ello. No sé si habrá otro sitio en España porque es curioso que el cardo y el decumano, las dos calles que los romanos hacían al principio, se mantienen con calle Mayor y don Jaime. Me parece fascinante pensar que en ese cruce durante 2000 años todos los días pasa gente que se saluda y conversa.

En sus novelas también tienen importancia los personajes secundarios, que forman una red que sostiene la trama.  

Para mí tienen muchísima importancia, aunque en esta novela, como la familia es tan extensa pues a lo mejor he pensado menos en ello y no los he contado. Como curiosidad, en la novela anterior, que es ‘Canciones ligeras’, había 114 personajes, había muchos secundarios.

A mí me gusta mucho el cine y creo que los actores secundarios o de reparto son importantísimos, son los que sustentan la película. En España tenemos muy buenos actores de reparto. Los personajes secundarios son la sal de la historia, ayudan y complementan a los protagonistas y enriquecen y dan vida a la historia.

Los prejuicios que durante años hubo sobre la margen izquierda aparecen también en ‘Puente de hierro’.

Conozco Zaragoza desde niño porque mis tíos vivían aquí, pasaba los veranos aquí pero no soy zaragozano, soy un madrileño riojano. Una vez viviendo aquí sí que viví esos prejuicios. Me acuerdo de un compañero que había mirado un piso en la margen izquierda y la madre le había dicho que si se iba ahí no iría a verle. Los he querido reflejar porque la novela refleja los cambios urbanísticos de Zaragoza y en particular la margen izquierda hasta hace 40 años estaba por desarrollar, eran una zona industrial y una de huertas, nada más. Ha cambiado muchísimo y eso lo quería reflejar.

Los romanos fundaron Zaragoza a un solo lado del río entonces en realidad lo que había al otro lado del río no era Zaragoza, era otra cosa. Zaragoza ha ido apoderándose de la margen izquierda, configurando otra estructura y quería recalcarlo.

Independientemente de si el lector comparte generación o ciudad con la protagonista puede identificarse porque esta es una historia de transformación personal.

Es una novela de crecimiento en cuatro aspectos. Primero, el crecimiento personal y transformación de la protagonista, cómo va evolucionando y aceptando la vida como es. Luego cómo se transforma la familia. También el crecimiento y transformación de la ciudad que crece y cambia, porque era una ciudad maltratada, urbanísticamente era un desastre. Finalmente, hay una transformación de país. Todo transcurre en paralelo. El cambio de mentalidad de Carmen es el cambio de mentalidad de un país que pasa de una dictadura a una democracia.

No es una novela nostálgica, pero ¿cree que la nostalgia es un buen motor para crear historias?

Yo no creo demasiado en la nostalgia. Creo en recuperar el pasado, recordarlo para que no se nos olvide, pero no soy nostálgico y la novela tampoco lo es. Trato de reflejar las cosas como fueron, con su parte buena y su parte mala. A mí la nostalgia no me gusta como motor literario, aunque sí reflejar la historia. No soy de añorar, creo que hay que aceptar la vida como viene y adaptarse a los tiempos y en la medida de lo posible intentar que sean mejores, poner tu granito de arena para que el mundo sea mejor.

¿En qué proyectos está trabajando actualmente?

Desde que dejé la radio estoy colaborando sobre todo con la Universidad de Zaragoza, doy cursos de ‘Música, cine y literatura en el Aragón contemporáneo’ en la Universidad de la Experiencia y también estoy haciendo un trabajo con la Cátedra DPZ sobre despoblación y creatividad de la Universidad. Estoy acabando un libro sobre la despoblación y he hablado con gente que se fue de sus pueblos y volvió pero no al jubilarse, sino que porque ha encontrado trabajo. He hecho 50 entrevistas a personas de diferentes edades, se llamará ‘Zaragoza, historias de ida y vuelta’.

Recientemente participó en el documental ‘Labordeta. Un hombre sin más’. ¿Cómo fue su relación con él?

Fui coguionista del documental. A José Antonio le conocí a través de la radio hace muchos años. Al principio le conocí entrevistándole, pero al final él era amigo de amigos míos y terminamos teniendo una relación de bastante amistad. De hecho, para mi orgullo, en un par de libros me nombra. Le conocí bastante en persona. Cuando Paula Labordeta se plantea hacer el documental contacta con Gaizka Urresti, que había dirigido dos obras mías, ‘Bendita calamidad’ y ‘Un dios que ya no ampara’ (que es un título de Labordeta), así que Gaizka me propone colaborar e hice las primeras versiones del guion.

Para mí ha sido muy emotivo porque yo le conocí muy de cerca. Tengo un recuerdo muy cariñoso de pasar una tarde con él cuando estaba en el hospital, charlando toda la tarde. Sé muy bien la clase de persona que era: honesta, introvertida, con un mundo interior muy propio y creo que eso el documental lo ha reflejado muy bien. Hay una cosa que quise hacer en el documental desde el primer guion y es que, normalmente, cuando se cuenta la vida de alguien se cuenta desde el nacimiento a la muerte y propuse que fuese al revés, de la muerta a la vida, y hay gente que me ha dicho que ha ido al cine y le ha sorprendido que fuera así.

Otra cosa que tuve clara desde el principio es el papel de Juana Grandes porque aparte de conocer a José Antonio, había tratado mucho a Juana y después de su muerte la había entrevistado muchas veces. Conocía su valor como profesora y el carácter tan imponente que tiene, que es una mujer con mucho carácter y fortaleza y que iba a transmitir mucho. Para mí ha sido un proyecto muy importante, es una figura irrepetible.

En el pregón, ver a la gente cantando el ‘Canto a la Libertad’ es muy emocionante y el otro día veía el fin de fiestas [del Pilar] desde la televisión con el ‘Somos’ y la foto de José Antonio y es impresionante el legado que ha dejado ese hombre.

Es curioso porque esas son canciones himnos, pero lo más bonito que tiene José Antonio son las canciones de amor y la poesía. Porque él quería ser poeta, se mete en el mundo de la canción por el tema político.

Si te das cuenta, tanto el ‘Canto a la Libertad’ como ‘Somos’, las escribió en un contexto, pero las puede cantar cualquiera. ‘Somos’ habla del carácter del aragonés, es una letra espectacular. Por eso mucha gente quería que el himno de Aragón fuera el ‘Canto a la Libertad’ y otras muchas ‘Somos’.

Redacción AEA: L L M
Fotos: P F

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