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Ana Marcén: «Yo ya sé que no puedo controlar nada, salvo la actitud con la que quiero elegir vivir»

Ana Marcén
Empresaria y ganadora del Premio Arame al Emprendimiento Rural

Ana Marcén, empresaria rural y ganadora del Premio ARAME, comparte una trayectoria marcada por el emprendimiento, el arraigo, la creatividad y el acompañamiento a mujeres que quieren vivir y trabajar a su manera.

Recientemente recibió el Premio ARAME al Emprendimiento en el Medio Rural. ¿Qué ha supuesto para usted este reconocimiento en lo personal y en lo profesional, y qué mensaje cree que lanza sobre el papel de las mujeres en los pueblos?

Ha sido como un “estás en el camino”. Porque muchas veces, cuando haces algo diferente en un pueblo, dudas. Te preguntas si tiene sentido o te estás volviendo loca. También creo que lanza un mensaje importante: en los pueblos no solo se puede aguantar lo que hay… también se puede liderar, crear y vivir bien de lo que haces.
Y además, es la primera vez que recojo un premio solo mío. En EcoMonegros siempre era compartido con la familia.

En varias ocasiones ha señalado que este premio le recuerda que está “en el camino”. ¿Cuál es ese camino y qué hitos han sido clave para llegar hasta aquí?

El de vivir mi vida a mi manera. Aunque parece que he hecho lo que quería, en realidad muchas veces actuaba desde el miedo, eligiendo lo que tocaba y no lo que de verdad quería. Ni siquiera me lo había planteado.

Y un día me pregunté: ¿para qué quieres emplear esta vida? Y desde entonces me escucho más y me dejo guiar por lo que siento, aunque a veces duela.

Su trayectoria suma más de dos décadas de emprendimiento en el medio rural. Si tuviera que resumir en una idea lo que ha aprendido en este tiempo, ¿cuál sería?

Que tenemos mucho miedo a vivir de verdad. A hacer lo que queremos, a desafiar las normas no escritas, al clan. Muchas veces no nos vamos de los pueblos por falta de oportunidades, sino por no enfrentarnos a esos miedos. También he visto que apenas nos escuchamos ni nos conocemos, y eso hace todo más difícil.

Y que tenemos mucho más poder del que creemos cuando dejamos de vivir en automático y confiamos en nosotras mismas.

Fundó EcoMonegros en 2006, en un contexto que no siempre ha sido fácil para innovar en el sector agroalimentario. ¿Qué dificultades encontró entonces y cómo han moldeado su forma de entender el emprendimiento?

Sobre todo, ir a contracorriente. Recuperar variedades antiguas, hacer las cosas de otra manera… no es lo habitual. Nacimos en un contexto donde lo fácil era ir por otro lado, tanto en el campo como en la transformación agroalimentaria, como en la forma de consumir. Además, no sabíamos gestionar empresas ni vender un producto así. ¡Ni hacer pan! Era una locura. Y más siendo un proyecto familiar, con formas de ver la vida y trabajar muy diferentes. Al principio no era rentable, y eso generó mucho desgaste. Si no hubiera sido por la formación y el desarrollo personal, podría haber afectado mucho a la familia.

Escuela Galanicas es hoy uno de sus proyectos más reconocidos. ¿Cómo nace esta iniciativa y qué necesidades detectó en las mujeres del medio rural para ponerla en marcha?

Cuando nació mi hija, mi objetivo fue hacer que EcoMonegros fuera rentable y encajara con mi vida. Junto con el equipo conseguimos algo que parecía imposible: trabajar solo de día, reducir horarios y ser más eficientes… y además ganar más dinero. Eso me permitió escribir, cantar, cuidarme… vivir mejor.

La gente empezó a preguntarme cómo lo había hecho. Y vi que muchas mujeres lo estaban pasando como yo años atrás. Alguien me ayudó a mí en su momento. Y sentí que había llegado el momento de hacer yo lo mismo.

Pero tuve mucho miedo. Me llevó dos años tomar esa decisión, porque el proceso emocional era profundo. Sentía que estaba abandonando a mi familia. Y, sobre todo, me enfrentaba a una pregunta incómoda: ¿quién era yo sin EcoMonegros después de 16 años? Tenía una hija de cinco años, una hipoteca… y la sensación de estar completamente sola para empezar de nuevo, teniendo ya algo que funcionaba. Pero cada día que pasaba se me hacía más difícil quedarme.

El concepto de “galánica”, vinculado a su pueblo, Leciñena, tiene un componente emocional y cultural muy fuerte. ¿Qué significado tiene para usted y cómo lo traslada al trabajo que realiza con otras emprendedoras?

Significa cariño. En mi pueblo se utiliza cuando quieres tratar con cariño a alguien. Pero para mí es algo más. En la escuela es una mujer con mucho talento, voluntad y sensibilidad que ha sostenido mucho y ahora quiere elegir. Elegir cómo vivir, cómo trabajar, cuánto ganar…Y hacerlo a su manera.

A lo largo de estos años ha acompañado a cientos de mujeres en sus procesos de emprendimiento. ¿Cuáles son los principales miedos o barreras que se repiten y cómo se pueden superar?

El “qué dirán”. El “aquí no se puede”. El “yo no soy capaz”. Y lo curioso es que muchas veces no es real, pero se siente muy real. Yo suelo decir que los pueblos necesitan mujeres así, pero ellas necesitan vivir bien para quedarse en ellos. Y si se sienten solas, raras e incapaces, las perderemos. Y me incluyo.

Su trabajo ha llegado incluso a foros internacionales, como la reciente participación en la FAO en Roma. ¿Qué importancia tiene que las experiencias del medio rural aragonés se escuchen en espacios globales?

Un regalo de la vida con mayúsculas. Una ponente me preguntó a quién representaba yo: “A mi misma”, le dije. En esa mesa solo se sientan líderes de comunidades de todo el mundo. No suele ir gente del pueblo, me dijeron.

Me pidieron que en mi intervención cantara, pero no me dijeron que nadie lo había hecho antes. Fue impactante ver la reacción de todos esos representantes de los 5 continentes escuchar mis canciones en 7 idiomas. Y más, habiendo estudiado Filología Clásica y sabiendo que Roma fue la ciudad que fue.

Por la noche, en la habitación, en vez de estar celebrándolo, me venían las voces de: “Tú quién te crees que eres”. Y así es como sostengo el brillo y la sombra.

Mantiene también una vinculación con ARAME, una entidad clave en el impulso del liderazgo femenino empresarial. ¿Qué papel cree que juegan asociaciones como esta en el desarrollo económico y social de Aragón?

Que no te sientas sola ni rara. Hay mujeres increíbles en Aragón y escuchar su camino alienta. En el último café al que fui para conocer a otras empresarias y profesionales, me impresionó que muchas de ellas procedían de pueblos pequeños y habían emigrado a la ciudad de adolescentes. Y ellas se sorprendieron de que en los pueblos todavía se tuvieran esos miedos. Cuando mujeres poderosas se reúnen, se nutren, se reflejan y se sostienen. Eso es ARAME.

Además de su faceta empresarial, también es autora y cantante, y llegó a incluir partes musicales en su intervención en la FAO. ¿Cómo conviven en usted la emprendedora y la artista, y qué aporta esa dimensión creativa a su proyecto vital?

Hay 11 mujeres viviendo en mí, que yo haya averiguado, jajaja. Somos muchas cosas cuando nos atrevemos a ser. Eso a veces incomoda, porque no encajas en una sola etiqueta. Y a mucha gente le asusta reconocer que no puede controlarte ni verte venir. Yo ya sé que no puedo controlar nada, salvo la actitud con la que quiero elegir vivir. Por eso, he aprendido lo bueno y lo malo de todos mis personajes, y los cuestiono cuando aparecen. Porque tampoco soy ninguno de ellos. 

Mis canciones y mi voz son la forma con la que mejor me comunico con el mundo. Y por eso a veces las Galanicas me dicen: “Esa canción habla de mi”.

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