David Serrano-Dolader: “Quiero despertar la curiosidad del hablante por su propia lengua”
David Serrano-Dolader
David Serrano-Dolader, morfólogo y profesor de Lengua Española de la Universidad de Zaragoza, ha publicado El palabrista creapalabras, nuevo título de la colección de Lingüística de Archiletras Libros.
La obra, dedicada a la formación de palabras en español y prologada por el académico Ignacio Bosque, invita a descubrir la lengua desde dentro y a detenerse en los mecanismos que utilizamos a diario sin reparar en ellos.
Con un enfoque divulgativo, riguroso y desenfadado, Serrano-Dolader muestra el español como una auténtica máquina creativa y reivindica la curiosidad por las palabras, sus formas, sus significados y sus posibilidades.
Su especialidad es la morfología: estudiar la estructura interna de las palabras y cómo se forman. ¿Qué le llevó a fijarse en esas piezas que utilizamos cada día, casi siempre sin detenernos a pensar en ellas?
Desde siempre me ha gustado jugar con las palabras: crearlas, descomponerlas, machihembrarlas y… destrozarlas. Mis literatos favoritos también han sido tahúres y equilibristas de las palabras (y de los palabros): Quevedo, Valle-Inclán, Paco Nieva. Si se ronda tanto por la orilla, es fácil caer en el mar; y eso me pasó a mí en mis años universitarios. Desde mi lejana tesis doctoral vi que ahí no solo había tema sino que, además, era apasionante y -no es lo de menos- muy divertido.
Durante diez años enseñó lengua y literatura en la Universidad de Zúrich. ¿Qué descubrió sobre el español al explicárselo a quienes lo miraban desde otra lengua?
Aprendí a no ir con ideas preconcebidas sobre tu propia lengua y a que lo que a un hablante materno suele parecerle sentido común pues… es casi siempre fruto de las peculiaridades de cada lengua. Sabemos que un enfermo puede mejorar o empeorar, y nos parece que es lógico que sea así como lo verbalizamos. Es en el momento en el que un extranjero te crea las inexistentes (pero posibles) enmejorar o peorar cuando empieza lo interesante, lo apasionante y lo divertido.
En El palabrista creapalabras invita a descubrir el español como una máquina creativa. ¿Qué le gustaría que el lector empezara a comprender después de leerlo?
Mi objetivo es despertar la curiosidad del hablante por su propia lengua, y hacerlo de una manera clara, divulgativa e incluso desenfadada. Me gustaría que el lector llegara a admirarse de lo que él mismo dice sin pensar y sin darse cuenta de todas las regularidades, irregularidades, sorpresas y maravillas que esconden las palabras. ¿Por qué un matamoscas sirve para matar las moscas o un abrebotellas sirve para abrir botellas, pero un matasuegras no es lo que parece? ¿Por qué si digo de alguien que es simpatiquillo o guapillo estoy marcando afectividad, pero si hablo de un tornillo o de una cerilla no surge valor apreciativo alguno aunque parezca que en todos los casos hay un mismo sufijo –illo/-illa?
El propio título del libro juega con las posibilidades del idioma. ¿Cómo nació ese «palabrista» y qué tiene de artesano alguien que se dedica a crear palabras?
Si busca en el diccionario palabrista, verá que significa “palabrero; que habla mucho, pero no cumple casi nada”, y no es ese sentido despectivo el que yo le doy en el título. Para mí, si un artista trabaja con el arte, mi palabrista trabaja con las palabras. Y si busca creapalabras, se sorprenderá porque no está incluido en los diccionarios. Pero es que no tiene por qué estarlo ya que su formación es regular en español (pinchadiscos, sacacorchos, quitanieves) y su significado es transparente. En el diccionario ni están ni tienen por qué todas las palabras posibles y correctas del español. Un buen hablante (también los hay muy malos) debe ser un muy buen artesano.
Si tuviera que explicar cómo se tejen y se destejen las palabras con un solo ejemplo, ¿cuál elegiría y qué nos permitiría descubrir?
Justo eso he hecho en las páginas de mi libro. Me resulta difícil resumir el océano mostrando una simple botella de agua. No obstante, pongo dos ejemplos bien diferentes. Para decir que un color tira o se aproxima a otro, podemos utilizar muchos sufijos diferentes: amarillento, azulado, rosáceo, negruzco, verdoso, blanquecino… ¡Qué maravilla! Pero es que -y es la otra cara de la moneda- un mismo sufijo puede servirme para muchas cosas diferentes: un exprimidor es un objeto, un vestidor es un lugar, un vendedor es una persona. ¡Nueva maravilla maravillosa! Hay cientos de tesoros como estos.
¿Qué hace que una palabra recién inventada nos resulte natural y comprensible, mientras que otra nos suene extraña, aunque ambas sigan aparentemente las mismas reglas?
La verdad es que resultaría raro crear un neologismo opaco o no transparente semánticamente ya que se supone que la intención es generar una palabra con la que podamos comunicar algo que pretendemos que sea entendido por nuestro interlocutor. Sin embargo, es cierto que no todas las palabras generadas de la misma manera parecen igualmente aceptables. Mientras que trabajador o vendedor son palabras “normales” que denotan personas que realizan una acción, resultaría raro usar exprimidor con el significado de “persona que se dedica a exprimir”. De la misma forma, yo puedo usar sagazmente o torpemente, pero sería raro formar verdemente o gordamente. Otro: limpiacoches o cierrapuertas las vemos como normales, pero no conoceidiomas. ¿Hay razones para que esto sea así? Las hay, y en el libro le descubro estas cositas del idioma.
Después de tantos años investigando la formación de palabras, ¿qué sigue despertando su curiosidad? ¿Hay alguna palabra que todavía le dé vueltas en la cabeza?
Diría que lo que no hay son palabras que no me sigan dando vueltas en la cabeza. Por ejemplo, le aseguro al lector que puedo dedicar una hora a decirle cosas interesantes sobre la estructura de una palabrita tan inocente como parece ser desatornilladorcitos. Otras son un verdadero reto para el lingüista: picapedrero o misacantano son ya para nota.
Como profesor y divulgador, ¿cómo consigue trasladar el rigor de la investigación a una explicación que pueda disfrutar alguien que nunca ha oído hablar de morfología?
Primero, porque me apasiona el análisis y la propia creación de las palabras. Segundo, y con perdón, porque creo que algo sé sobre estos asuntos. Tercero, porque odio la falsa divulgación a través de palabras huecas sin fundamento ni rigor. Y cuarto, porque estoy convencido de que se pueden decir cosas interesantes y curiosas con un lenguaje sencillo, ameno y casi jocoso. Enseñar (y aprender) no van obligatoriamente de la mano con el aburrimiento; y casarlos con la divulgación implica un matrimonio (laico) muy bien avenido.
También ha escrito la novela Octimana. Cuando se sienta a escribir ficción, ¿el lingüista le ayuda a encontrar las palabras o se convierte en un escritor demasiado exigente?
Soy un escritor (demasiado) exigente y -precisamente por ello- mi lingüista interior me es un compañero imprescindible que me ayuda y me guía. Ahora bien, la divulgación lingüística y la creación literaria son dos mundos muy lejanos, o eso creo yo. No le oculto que mi novela Octimana es compleja, enigmática y, desde luego, nada… divulgativa.
¿Qué es lo más divertido de divulgar sobre la lengua? ¿Recuerda alguna pregunta, confusión o hallazgo del público que le haya hecho reír y, al mismo tiempo, le haya dado que pensar?
Casi todo es susceptible de ser divulgado, con tal de que vaya apoyado por el conocimiento de la materia y un gusto por lo lúdico al comunicar a otros lo que uno mismo cree saber. ¿Y algo que me haya hecho pensar y reír a la vez? Hace muchos años, en un examen, puse varias palabras para analizar y comentar morfológicamente; entre ellas mesilla. Yo esperaba que me dijeran que es una voz aparentemente diminutiva (de mesa), pero lexicalizada (o sea, que ya tiene un significado propio y no diminutivo de “mesa de noche que está al lado de la cama”). En la segunda convocatoria, en septiembre, un alumno escribió: “Palabra compuesta de mesa y de silla, porque es alta como una silla, pero se usa como una mesa; como ya le dije en el examen de junio”. Lo siento: volvió a suspenderse él solito.
