Cientos de personas pasan la noche haciendo cola en la Plaza del Pilar, a las puertas del Ayuntamiento, para conseguir un volante de empadronamiento y poder regularizar su situación administrativa.
La Policía Nacional retiene a un joven de origen latino en la calle Delicias para pedirle la documentación.
El propietario de una vivienda en el barrio de San José se inventa una excusa para no alquilar su piso a Moussa después de escuchar su acento por teléfono.
La encargada de una tienda del Paseo de la Independencia tira a la basura, sin siquiera mirarlo, el currículum que Yasmina acaba de entregarle en mano en respuesta al cartel colgado en el escaparate donde se lee: “Se busca dependienta”.
A primera vista, todas estas escenas ficticias parecen suceder en la ciudad de Zaragoza y no en una frontera. Y, sin embargo, todas funcionan como tal.
Seguimos imaginando la frontera como una línea imaginaria trazada en el suelo custodiada por aduaneros, como la que yo cruzaba seis veces al año entre Irún y Hendaya hasta 1995, cuando entró en vigor el Tratado de Schengen y nadie volvió a hacerme aquella enigmática pregunta: “¿Tiene algo que declarar?”.
Pero, como enseñó el filósofo francés Étienne Balibar, las fronteras ya no están sólo en los límites del territorio: están en todas partes. Ya no son únicamente un lugar, sino una institución política y social móvil que puede comenzar mucho antes de salir físicamente de un país y prolongarse mucho después de haber entrado en otro.
Podría parecer que las fronteras han tendido a desaparecer con la globalización y con los avances en las comunicaciones y las telecomunicaciones, pero, en realidad, hay más fronteras que nunca, mucho más sutiles y también más complejas.
En realidad, hay más fronteras que nunca, mucho más sutiles y también más complejas.
Creamos fronteras externalizadas cuando nuestro país firma acuerdos con Marruecos, Senegal o Mauritania que desplazan el control migratorio fuera del territorio nacional e incluso fuera del continente europeo.
Levantamos fronteras interiores con controles policiales a personas racializadas.
Ideamos fronteras administrativas que se plasman en trámites, leyes, reglamentos, visados o permisos de residencia y trabajo a extranjeros.
Establecemos fronteras socioeconómicas que operan a través de la discriminación en el mercado laboral, la brecha salarial o el desigual acceso a la vivienda y a la educación.
Nos inventamos fronteras simbólicas en forma de barreras culturales y lingüísticas, prejuicios, estereotipos y discriminaciones.
Y cada vez aparecen más fronteras digitales y tecnológicas con nuevos sistemas de vigilancia, bases de datos biométricas y algoritmos de control.
En la práctica, todas estas fronteras se superponen y las personas migrantes suelen enfrentarse a varias de ellas al mismo tiempo. Son herramientas de organización social, económica y política al tiempo que producen y reproducen desigualdades.
Pueden estar en una ventanilla, en una actitud o en medio de su calle.
Las fronteras no deben entenderse como un surco que delimita dónde empieza y termina un país. Ni siquiera sirven ya para saber quién está dentro y quién queda fuera.
Son más bien un filtro que se materializa en un conjunto de prácticas, dispositivos y relaciones de poder que operan simultáneamente en muchos lugares.
Quizá por eso resulte más útil hablar de ellas en plural. No hay una sola, ni todas actúan siempre de la misma manera para todos. Algunas son visibles y materiales; otras, sutiles y más difíciles de identificar.
Pero todas las fronteras comparten algo esencial: marcan diferencias, establecen límites y condicionan la vida de las personas.
