Luis Rabanaque: «Disfruto más del teatro, es más arriesgado y complejo»
Luis Rabanaque
Actor, guionista y documentalista
Actor, guionista, documentalista y cara reconocible para varias generaciones aragonesas, repasa en esta entrevista sus inicios, su amor por el teatro, la huella de la televisión, su compromiso social y una forma de entender la cultura desde la honestidad
¿Cómo empezó en la interpretación?
Pues mira, fue una cosa curiosa. Yo buscaba alguna herramienta para mitigar una timidez enfermiza, terrible, que me impedía, por ejemplo, protestar cuando me daban mal el cambio en una tienda. Eso ya era un buen motivo, pero sobre todo fue a raíz de una ruptura amorosa: estaba fatal, no levantaba cabeza. Un amigo se apuntó en la Casa de Juventud de Torrero a un curso de teatro, quedaba una plaza libre, fui y me dijeron que se me daba razonablemente bien.
Hicimos una muestra en un festival de teatro amateur en el Teatro del Mercado, de cuando se programaba teatro en Zaragoza, y allí me vio gente que me dijo: “Te tienes que apuntar a la Escuela de Teatro”. Les hice caso. Allí coincidí con varios de los que hoy son mis amigos y compañeros de trabajo: Marisol Aznar, Alfonso Palomares y Fran Fraguas. Luego fueron llegando Laura Gómez-Lacueva, Jorge Asín, etcétera. Pero eso ya es otra historia.
Su trayectoria pasa por el teatro y también por la televisión, donde mucha gente le conoce. ¿Qué le aporta cada uno de esos ámbitos y en qué medio se siente más cómodo?
Fundamentalmente, me gusta más el teatro, con diferencia. Más que cualquier otra cosa que permita corregir errores. La televisión me gusta porque es un medio en el que también puedes aportar tus habilidades cómicas, o tu falta de habilidades, y donde encuentras acomodo. Es algo más sencillo, más asequible. El teatro es más complejo y por eso me gusta más: es más arriesgado. En televisión, si algo falla, te dicen: “Vamos a repetirla”. En teatro no hay esa opción.
A mí me gusta eso, lo incierto que tiene un bolo, dentro de que todo está bastante acotado. Me gusta también mucho el proceso, porque el teatro tiene un proceso de creación, de personaje. En televisión todo es mucho más rápido. Incluso la memoria que se emplea es distinta: en teatro es una memoria por capas, que vas fijando; en televisión es una memoria de pez. Te aprendes un texto, lo grabas y ya lo borras de la cabeza. Estoy contento trabajando con mis compañeros y en un programa [Oregón Televisión] que se ha convertido más o menos en una referencia en esta tierra, pero a mí me sigue gustando más el teatro.
Después de tantos años en televisión, ¿qué le ha dado un programa como Oregón Televisión?
Te da visibilidad y lo principal es el cariño que recibes de la gente. Salvo alguna excepción, en estas veinte temporadas lo que recibes es cariño.
Me ha pasado estar en otra ciudad y que me digan “pero tú eres un actor aragonés, ¿no?”, o que te cuenten que fueron a Zaragoza a veros actuar. Incluso en Sudamérica ha pasado. Laura Gómez-Lacueva, que viajó varias veces por teatro, se encontró con una periodista nerviosísima porque la reconocía en México. A mí, más que en lo práctico, me afecta en lo emocional. Es bonito. De pronto te aparece un hombretón mucho más alto que tú, que calza un 49 y trabaja en Decathlon, y te dice: “Yo veía Oregón de pequeño en casa de mi abuela”. Y piensas: madre mía, qué mayores nos hemos hecho.
¿Qué ha supuesto para usted enfrentarse a ¡Ay, Carmela!, una obra con tanta carga histórica y emocional?
Ha sido muy bonito. Hicimos un trabajo muy delicado con ella, además en unos malos tiempos para luego mostrarla en público, lamentablemente. Primero, porque prácticamente no se programa teatro en ninguna localidad; y segundo, porque quienes programan muchas veces consideran que esta obra no tiene que mostrarse al público, a pesar de que es un clásico que el año que viene cumple cuarenta años.
Al margen de eso, el proceso fue muy bonito. Durante casi un año, una semana al mes, nos íbamos a Murillo de Gállego, a la sala Gato Negro de Alberto Castillo, y allí estábamos enclaustrados trabajando todo el día. Desde que nos levantábamos ya empezábamos a hablar de lo que íbamos a hacer. Entrábamos en la sala, en un sitio privilegiado, con una cristalera que daba a los Mallos, e íbamos trabajando.
Yo descubrí cosas por las que no había transitado nunca en teatro. No he hecho mucho drama; casi todo ha sido comedia, porque además te ubican ahí. Y esto, aunque también tiene comedia, tiene una parte dramática que trabajamos de verdad. Encontrar dentro de ti la herramienta para localizar lo que requiere cada escena fue muy satisfactorio. No lo había hecho nunca y pensaba: “Hostia, ¿cómo voy a gestionar esto?”. Al principio pensaba en cómo lograría llorar, pero el primer ensayo me creí de verdad lo que estaba haciendo, en una escena terrible en la que ella aparece después de haber muerto, y me emocioné muchísimo. Empecé a llorar y pensé: “Qué bien, qué bonito es encontrarte las emociones en el proceso”.
En ese sentido ha sido muy satisfactorio. Lástima que luego no se haya traducido en muchísimos bolos. Este sábado pasado hicimos uno, dentro de un par de semanas tenemos otro… aunque hacía un año que no hacíamos ninguno. Pero bueno.
¿Cree que estamos viviendo malos tiempos para el teatro?
Sí, no es el momento. Siempre se habla de la crisis del teatro, pero ahora no tiene que ver ni siquiera con eso. Tiene más que ver con posicionamientos políticos que no admiten que la cultura pueda hacer pensar al que va al teatro. Y luego también hay un cierto castigo hacia la cultura, porque habitualmente una parte importante del sector se posiciona hacia el progreso, y eso no gusta.
También es verdad que con los años desdramatizas lo posible. Ya voy teniendo sesenta y estas idas y venidas las he vivido varias veces desde que era un chaval.
Esto se irá y luego volverá otra cosa. Lo malo es lo que deshacen mientras duran. Porque, por ejemplo, se estropea el público de teatro.
Si en algunos teatros no se programa teatro y se mete solo algo ligero para atraer público general, lo que haces es expulsar al público habitual y educar mal al nuevo.
Quien le sigue en redes sabe que tiene una faceta muy comprometida con distintas causas sociales y colabora con múltiples entidades.
Más que pensar que estoy haciendo algo reseñable, que no lo creo, para mí es un privilegio poder ayudar en algo en lo que tendría que estar toda la ciudadanía. Cuando hay una causa que entiendes que es justa y te dan la posibilidad de participar, para mí eso es un privilegio, porque además me hace feliz.
Cuando alguien que está todos los días comprometido con una causa te dice “qué bien que hayas venido, Luis”, yo siento pudor, porque pienso: “No, perdona, tú estás todos los días con esto y yo vengo un sábado por la mañana, me hacéis una foto y parece que soy un tipo estupendo”. Hago muchísimo menos de lo que seguramente podría y debería hacer.
Ahora bien, en lo que puedo echar una mano, encantado. Si me dicen “oye, un vídeo, por favor”, por supuesto que sí. Llamo a varios compañeros, lo grabamos entre varios… En lo que se pueda estar, encantado. Para mí es más un privilegio que una carga.
Nunca ha tenido miedo a posicionarse públicamente en temas como Palestina o la educación y sanidad públicas.
Es que hay cosas que yo creo que no deberían tener que ver con un posicionamiento político, sino humano. Yo lo hago con sinceridad y de corazón. Me parece que nadie debería defender que se bombardee un colegio de niños. No me preocupa, aunque a veces me ha costado problemas. Y mira que no soy quien más se expone ni voy abanderando nada delante de nadie. Pero sí, a veces recibes amenazas. Lo que de verdad me hace sentir mal es no posicionarme, mirar para otro lado cuando está pasando algo.
El año pasado publicó ‘Queremos tanto a Laura’, en Pregunta Ediciones, ¿cómo surgió la idea de impulsar el libro homenaje a su amiga, la actriz Laura Gómez-Lacueva, fallecida en 2023?
Estábamos pensando qué podíamos hacer: se valoró una gala en la que participara gente que había trabajado con ella. Yo pensé también en una exposición, porque le hice miles de fotos de sus obras de teatro. Estábamos dándole vueltas cuando, un día, presentando un libro en el Paraninfo, se me acercó Reyes Guillén, de Pregunta Ediciones, y me dijo: “¿Te apetecería hacer alguna cosa relacionada con Laura?”. Y yo le dije que sí, sin saber todavía exactamente qué.
Lo hablé con Torsten Weber, la pareja de Laura, y pensamos que había que contar con una selección de gente para que cada uno aportara, en el soporte que quisiera, lo que sentía por Laura. Y así salió ese libro tan diverso, en el que hay desde una poesía a un dibujo, un crucigrama, un texto cómico o un guion cinematográfico. Yo siempre digo que, al final, lo que sacas entre líneas es la imagen de una tipa muy talentosa, muy generosa, muy humilde. Eso es lo que lleva el libro y esa era la intención.
Yo no había hecho esto nunca, pero pensaba que no podía salir mal. Cuando el producto es bueno, tienes que hacerlo muy mal para que no funcione. Le dediqué tiempo, empeño y mucho sufrimiento durante un periodo, pero luego fue muy satisfactorio. Recibir todo ese material, darle forma, decidir cómo queríamos que fuera… y luego el cariño que puso la editorial, que se lo agradeceré siempre, y también a Óscar San Martín.
Yo siempre insisto en que, cuando nos juntamos para hablar de Laura, hay que celebrar. No podemos recordarla desde la tristeza. Hay que recordarla desde la risa, la alegría, la amistad, el corazón. Al final ha sido una experiencia estupenda.
Lleva ya casi setenta entrevistas con WildTrack. ¿Cómo nace este podcast?
Surge de una forma bastante curiosa. Yo tenía una relación cercana, aunque no muy frecuente, con una empresa que se llama Zetac. Se dedican al alquiler profesional de iluminación, sonido, cámaras… y también a cubrir eventos, películas, documentales, televisión, incluso MotoGP.
La historia vino porque un día coincidimos en el Banco de Sangre y Tejidos de Aragón. Yo estaba haciendo una aféresis, salimos casi a la vez y me dijo que estaban dándole vueltas a algo para el veinte aniversario de Zetac, una especie de podcast sobre los últimos veinte años del audiovisual aragonés, donde pasaran diferentes oficios.
Y así empezó todo. Lo bonito del podcast es que no van solo los protagonistas más visibles, aunque también: han pasado Macipe, Paula, Pilar Palomero, Jorge Asín, Marisol Aznar… Pero también va gente de otros oficios: un eléctrico, una script, alguien de producción, un compositor de bandas sonoras. Y eso está muy bien porque no solo escuchas a alguien contar su última película, sino que entiendes cómo funciona todo lo demás.
Por ejemplo, una profesional de producción te explica las diferencias entre ser secretaria de producción, jefa de producción, coordinadora, directora o productora ejecutiva. Y para el público ajeno eso es muy interesante, porque cuando ve los créditos de una peli o una serie entiende mejor qué significa cada cosa.
Yo intento también buscar de dónde sale todo eso: qué les empujó a dedicarse a ese oficio, si en casa hubo algo que influyera, cómo resuelven determinadas cosas… Ese tipo de preguntas me interesan mucho.
Hay una faceta menos conocida suya, la de documentalista. ¿En qué consiste ese trabajo y qué es lo que más disfruta de él?
La verdad es que creo que es de las cosas que más me gustan. Me gustan demasiadas cosas, ese es el problema: no me da la vida. Soy muy curioso por naturaleza, y siempre me ha interesado mucho la historia de mi ciudad, la historia de Zaragoza, sobre todo la reciente y especialmente la del siglo XX. Me han atraído siempre las pequeñas historias: qué pasó con tal cosa, de dónde viene esto, qué ocurrió aquí.
Yo me nutrí mucho, por ejemplo, de los trabajos de Mariano, el periodista de Heraldo que hacía “Tinta de hemeroteca”, donde rescataba historias desconocidas.
Tengo varios miles de libros, la mayoría relacionados con Aragón y Zaragoza, y me encanta meterme en hemerotecas. Surgió la posibilidad de hacer otro programa con Samuel Zapatero, que se llamó Vuelta atrás. Hicimos cuatro temporadas. Cada episodio reunía piezas breves sobre temas muy distintos, desde el Banco Zaragozano femenino y la Copa de la Reina hasta un crimen en el antiguo Oasis o la caída de un autobús a un pozo.
Yo proponía temas, buscaba a la gente que podía hablar, hacía labores de producción, preparaba una sinopsis del enfoque y, sobre todo, buscaba material gráfico. Ahí empecé a desarrollar mucho esa faceta.
Luego surgieron trabajos con Isabel Soria y también con Vicky Calavia. A Vicky le gustó cómo trabajaba y fui enlazando proyectos con ellas. Ahora, por ejemplo, voy a hacer uno para Rolde, por su 50 aniversario, dirigido por Vicky, en el que estoy como guionista del documental.
Eso me gusta mucho porque une afición y oficio. Es algo que he tenido como hobby durante muchísimos años y, además, me permite controlar mi tiempo. Estoy solo, decido yo, trabajo en casa con mi música, me meto en hemerotecas digitales y físicas, consulto microfilm, tomo notas… Y eso me vuelve loco. Me encanta.
Es muy aficionado al deporte y en los últimos años se le ha visto especialmente vinculado al baloncesto femenino. ¿De dónde viene esa afición?
Mi afición viene de hace mucho. El primer partido profesional que vi fue de Helios en el año 78 o 79. Yo tenía once años. Ya era abonado del Real Zaragoza y sigo siendo zaragocista, para mi desgracia, pero el baloncesto siempre me enganchó mucho.
Luego vi también la Copa del Rey que ganó el CAI con Magüi, Allen, Arcega… y más adelante llegó lo del Banco Zaragozano femenino. Me gustaba muchísimo. Ahí fue cuando fueron campeonas de la Copa de la Reina.
Después es verdad que me desvinculé un poco, pero cuando arrancó el nuevo proyecto empecé a seguirlo otra vez, primero por televisión y luego ya abonándome. He ido también a ver a los chicos, pero este año no me he hecho abonado porque lo que realmente me interesa es el baloncesto femenino.
Tiene una esencia que se parece mucho más al deporte. No hay prácticamente flopping, que es simular faltas. En el femenino eso se ve fatal. En el fútbol es constante, en el baloncesto masculino también pasa bastante. En el femenino casi no.
Hay competitividad, claro, pero a mí me parece que eso sigue siendo deporte de verdad. En cambio, otras cosas ya se han convertido en un negocio lleno de engaños. Por eso ya casi no veo fútbol, más allá del Zaragoza por una especie de vínculo enfermizo desde la infancia. Pero no veo ya Primera División ni otras ligas. El fútbol actual es un negocio, y no me interesa.
Después de haber hecho tantas cosas, ¿qué le gustaría hacer a partir de ahora?
Jubilarme (risas). No es que me conforme con poco, es que a mí ya me parece mucho cualquiera de las cosas que hago y que me resultan satisfactorias. Mucha gente me pregunta: “¿Y no te vas a Madrid?”. Y de verdad que no tengo ningún interés en tener visibilidad. No quiero que me vean. Me encuentro cómodo donde estoy y con la gente con la que estoy.
Valoro más pasear tranquilamente que pensar en aparecer en ningún sitio. No me hace falta. Me parece más bonito lo que hicimos con ¡Ay, Carmela!, aunque no nos viera nadie, que otras cosas que te pueden dar más escaparate. Estar allí una semana ensayando, hacer ese trabajo… eso me interesa mucho más.
Así que, si te digo la verdad, lo que me gustaría es vivir tranquilo, vivir bien, tener salud, seguir juntándome con la gente con la que me apetece estar, tener tiempo para leer, escribir, pasear y, si sale un proyecto interesante, hacerlo. Pero ya está. No se me queda nada pendiente. He hecho un poco de todo: documentales, cortos, un largo, series de televisión, teatro, algunas de mis obras favoritas… Y como documentalista también estoy muy lleno, porque une mi faceta de coleccionista con mi afición por la historia de mi ciudad, a la que quiero mucho. Así que, por mí, ya estaría.
