Marketing
David Viñuales Alquézar
Profesor de procesos comerciales
alquezardavid@gmail.com
Al término de la II Guerra Mundial se estuvo fraguando un pacto secreto entre naciones que se concretó durante la guerra fría, al que se le llamó acuerdo de “los 5 ojos”. Buscaban interconectar los servicios de inteligencia nacionales para intercambiar información entre los acordantes, que fueron EEUU, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. En ese ambiente “cuasi-bélico” donde el reloj nuclear siempre estaba a punto de dar las doce, anticiparse a lo que podía ocurrir era una obligación para el principal vencedor de la II GM y para ello la vigilancia a través de los servicios secretos se convirtió en una prioridad de estado.
El núcleo duro pronto sintió una irrefrenable fuerza motriz de expandirse y ávidos de más información ampliaron el pacto a países como Dinamarca, Francia, Países Bajos y Noruega, naciendo así el la Alianza de “los 9 ojos”. Pero no se quedó aquí, pronto la cebolla añadió una nueva capa con Alemania, Bélgica, Suecia, Italia… y España. Y en un alarde de originalidad la llamaron la alianza de los “14 ojos”. El nivel de acceso a la información se corresponde con el estrato que ocupa cada ojo socialmente en ese microcosmos. Costumbres, movimientos, tendencias, se convertían en datos numéricos y nominales que viajaban a los servicios de inteligencia centralizados en EEUU.
Décadas más tarde, la tormenta perfecta explotó cuando en EEUU se “inventaron” el concepto de red social en internet –¿Es posible que no tengamos que vigilar a las personas y sean ellas quienes voluntariamente nos cuenten qué les gusta, dónde han estado, e incluso manden fotos? Pues sí, así fue. Y gracias al programa PRISM (2007) se permite a las agencias de inteligencia estadounidenses acceder a los datos de Google, Meta (Whatsapp, Facebook, Instagram), Apple, Microsoft y Yahoo para dar a esa información su propio tratamiento y triaje con su Big Data e IA. De hecho, empresas como Meta no lo ocultan, y en sus condiciones encontramos “Como parte de nuestro esfuerzo continuo por compartir más información sobre las solicitudes que hemos recibido de gobiernos … de datos de usuarios…”. Las tecnológicas americanas se han convertido en los sensores de “los 5 ojos” y lo que nació como un pacto secreto con sesudos métodos de inteligencia para vigilar al mundo ha desembocado en simpáticos interfaces de Instagram, videos de gatitos, reels infumables de bailes reguetoneros, y fotos de vacaciones de cartón – piedra… en fin, en ese fastfood que el mundo consume. “Los ojos” ya no vigilan. Somos nosotros quienes henchidos de candidez, les revelamos todo. Como dijo Lope de Vega: “Porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto».
Ahora todos somos un segmento de mercado diferenciado y tenemos un producto distinto que nos encaja en cada momento.
Que le contemos a una inteligencia toda nuestra vida, nuestras emociones, nuestros anhelos, supone que puedan dar forma a la solución personalizada y ponerle el precio que consideren porque no vamos a poder decir que no, porque nos la han hecho “ad hoc” bajo la premisa fastfood: instantáneo, pero malo. Ahora todos somos un segmento de mercado diferenciado y tenemos un producto distinto que nos encaja en cada momento. El culmen son los programas de reconocimiento facial que lleva nuestro móvil en la cámara delantera que disecciona y mapea nuestra cara cuando miramos la pantalla, en busca de gestos emocionales que nos delaten y que luego se traducen en propuestas de compra en nuestra pantalla.
(Gracias a Edward Snowden que en 2013 aportó información probada sobre espionaje tecnológico poniendo en serio peligro su vida).
