Hablemos de economía Opinión

La riqueza distribuida es la mejor riqueza

Hablemos de economía

Antonio Morlanes Remiro

PRESIDENTE DE ARAGONEX

aragonex@aragonex.com · www.aragonex.com

La sociedad no es uniforme; por fortuna, su diversidad la enriquece y genera todo un mundo de ideas sobre las que construimos nuestro presente y proyectamos el futuro. Y esto, que individuo a individuo es así, además queda afectado por la territorialidad, es decir, por la naturaleza y las características propias de cada lugar, que producen perfiles distintos de sus habitantes en relación con otros territorios.

Pero hasta aquí todo lo expresado ha venido condicionado por lo natural, aunque no es lo único que nos define. También nosotros, con nuestra convivencia, configuramos la idiosincrasia que nos caracteriza, y a ello contribuye la capacidad de generar una economía productiva que nos aporte condiciones de vida equiparables a las de otros lugares. La cuestión es: ¿por qué existen territorios estancados en una supervivencia exigua mientras otros planifican un desarrollo holgado?

Si estudiamos España, veremos que esa diversidad de sociedades se cumple a la perfección. Incluso hemos sido capaces de acuñar un término para una de ellas: la España vaciada, al que, a mi juicio, damos un valor que va más allá de lo puramente estadístico. Eso nos conduce a no aportar soluciones eficaces a ninguna de las dos realidades, pues la otra España —llamémosla la llena y desarrollada— se considera así sin ambages.

Veamos algunos datos: 24 millones de habitantes, la mitad de la población, ocupan el 16 % de la superficie del Estado. Algo similar sucede con la riqueza: entre 25.000 y 30.000 euros es el PIB per cápita de seis comunidades autónomas (Madrid, Euskadi, Navarra, Cataluña, Aragón y La Rioja); el resto queda bastante alejado de estas cifras.

Si España está consiguiendo actualmente un aumento significativo de población y un incremento de su PIB —que ha pasado de 1,129 billones de euros en 2020 a 1,685 billones en 2025—, en gran medida se debe al efecto de la inmigración. De los 49 millones de habitantes, 6,5 millones son inmigrantes y, aun así, no somos capaces de cubrir la necesidad de recursos humanos en algunos sectores productivos.

Si España está consiguiendo actualmente un aumento significativo de población y un incremento de su PIB, en gran medida se debe al efecto de la inmigración

Debemos entender, por tanto, que ambas Españas muestran problemas y necesidades muy diferenciados, especialmente en lo referido a la economía doméstica. Ni los ingresos tienen el mismo valor, aun siendo idénticos, ni los costes son iguales. En cuanto a los ingresos procedentes de nóminas, los convenios colectivos no tienen suficientemente en cuenta la territorialidad. La cesta de la compra no cuesta lo mismo en unos lugares que en otros, y este matiz debería contar con algún tipo de referencia objetiva. No es igual el valor de la vivienda en una gran capital que en un pequeño municipio; sin embargo, si hablamos de los costes de los servicios, la diferencia puede ser inversa. Como primera conclusión, vemos que salarios e ingresos presentan una clara injusticia en su relación con los costes reales de vida.

No descubrimos nada nuevo al hablar de la importancia de la productividad para las empresas, aunque sus factores no siempre se analicen con claridad. Si partimos de que la productividad es la eficiencia en un proceso productivo, es evidente que su composición es compleja: calidad de las materias primas, organización del trabajo, innovación, inversión en bienes de equipo y, por supuesto, mano de obra. Si no se atiende adecuadamente a todos estos factores, la productividad se resiente. También influye en el coste de los recursos humanos, que, para ser coherentes con una buena productividad, deben estar bien remunerados. Pensar que la productividad se favorece con bajos costes laborales es un error. Todos los factores deben guardar el peso que corresponda al objetivo productivo que se desea alcanzar.

Además, hay un dato relevante: la aportación del consumo interno (privado y público) al PIB es del 70 %. Si restringimos los ingresos de los trabajadores, el consumo privado disminuirá y, en consecuencia, el mercado para las empresas se contraerá. Es necesario analizar con rigor los factores productivos para obtener el mejor resultado.

Como ya se ha señalado, el valor de la vivienda varía según el territorio. España dispone de un parque de aproximadamente 27 millones de viviendas; de ellas, 19,3 millones son principales —ocupadas de forma permanente— y 7,7 millones no lo son, de las cuales 3,8 millones se consideran vacías.

Es necesario empezar a adecuar los territorios a sus costes reales, en función de su población y sus características

Si volvemos a la llamada España vaciada (Galicia, Asturias, Cantabria, La Rioja, Navarra, Aragón, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura y Murcia), el precio medio de la vivienda se sitúa en 1.193 euros/m² y el alquiler en 9,49 euros/m²; hablamos del 28,27 % de la población. En cambio, en Euskadi, Cataluña, Madrid, Baleares, Comunidad Valenciana, Andalucía, Canarias, Ceuta y Melilla —donde reside el 71,73 % de la población—, el precio medio de la vivienda es de 2.422 euros/m² y el alquiler asciende a 15,39 euros/m².

Si descendemos al detalle, en Aragón el precio medio es de 1.251 euros/m², pero varía notablemente entre Zaragoza (1.409 euros/m²), Huesca (1.177 euros/m²) y Teruel (551 euros/m²). No obstante, estas medias provinciales se ven distorsionadas por la realidad de pequeños municipios, donde los valores difieren considerablemente. De nuevo, la conclusión es clara: los costes de vida varían sustancialmente según el territorio.

Conviene también identificar que, en pequeños y medianos municipios, el coste de determinados servicios es mayor que en las grandes capitales. Un ejemplo claro: ¿cuánto le cuesta a una familia enviar a sus hijos a la universidad si vive en una zona rural, frente a otra que reside en una gran ciudad? No hay comparación posible.

Es necesario empezar a adecuar los territorios a sus costes reales, en función de su población y sus características. Pero, ante todo, es imprescindible no dar la espalda a esa España vaciada: estamos perdiendo una enorme capacidad para generar la riqueza necesaria que, de forma justa, atienda los intereses de todos los ciudadanos, vivan donde vivan y elijan el lugar que elijan para desarrollar su vida.

Porque, en definitiva, la riqueza mejor concebida no es la que se concentra, sino la que se distribuye.

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