Sociedad

La pulsión como punto de partida

Sobre la poética fidelidad a una misma en el cine de Pilar Palomero

Nuestra colaboradora Erika Yuste firma esta crónica a partir de una charla pública con Pilar Palomero, celebrada en marzo de 2026 en la Casa de la Mujer de Zaragoza, de la que proceden todas las citas y referencias.

Hay cineastas que hacen películas para demostrar algo al mundo, y hay otros que las hacen para gratificar su propia identidad. Pilar Palomero pertenece con claridad al segundo grupo. La directora zaragozana insiste en una idea: lo genuino es lo único que puede aportar un artista, y nadie puede arrebatarte ser cineasta si lo entiendes desde ese lugar. No como profesión ni como industria, sino como consecuencia inevitable de lo que eres.

Esta convicción no es retórica. En Palomero tiene gran peso su historia personal como filóloga hispánica, y su oficio como docente, cuyo puesto de trabajo abandonó para entrar en la Escuela de Cine de Sarajevo en su primera y última promoción antes de que la utopía de Béla Tarr (en la que no había que pagar matrícula) acabara.

Casi una década intentando financiar el rodaje de Las niñas mientras grababa piezas con el móvil porque no había dinero para otra cosa. La fidelidad a una misma, en su caso, no fue una declaración de principios: fue supervivencia.

«Lo que puede hacer algo especial lo que haces, es lo que tú eres. Lo genuino es lo que puedes aportar.»

Resulta significativo que una de las cineastas con las que más identificada se siente sea Agnès Varda, y que se haga la pregunta de cómo serían sus películas ahora. ¿Grabaría con un Nokia? No es una nimiedad. Varda también encontró en la limitación —técnica y económica— no un obstáculo sino una belleza. Pilar Palomero parece haber internalizado la lección de manera orgánica: sus cortometrajes con menos presupuesto en los años de la crisis, no son ejercicios menores sino piezas con una voz propia que ya apuntaba hacia lo que vendría.

El caso de Chanchán (2007), rodado en el peor momento económico, fue sin embargo el corto que le abrió las puertas a Sarajevo. Y fue allí donde descubrió a Béla Tarr, cuya influencia puede rastrearse en la paciencia contemplativa de sus obras. La crisis no interrumpió su trayectoria; la fortaleció. Como ella misma explica: «cualquier trayectoria no se puede separar de los tiempos que nos toca vivir».

Cuando por fin llegó Las niñas, el proceso de rodaje reflejó exactamente ese intimismo. Ella misma localizó los espacios: el Instituto Miguel Servet, donde ella fue alumna y su madre profesora; un piso del centro encontrado en Idealista cuya dueña iba a reformar nada más terminase el rodaje; un callejón de la calle Alfonso descubierto mientras esperaba a una amiga impuntual. La película nació de Zaragoza porque Pilar es de Zaragoza, y esa redundancia —que pocos cineastas logran sostener— es la clave de su singularidad. 

Durante aquel rodaje, estaba leyendo Interviews de Andrei Tarkovsky, el cineasta de las imágenes que no se explican porque su significado pertenece a quien las recibe. Palomero no intelectualiza su semilla creativa, y sin embargo la trabaja con una precisión que desmiente cualquier ingenuidad. 

«La primera vez que ves tu película en el cine estás disociada. Prestas más atención a la perfección técnica que a la impresión de la gente.»

Con La maternal llegó el salto hacia una materia casi inédita en el cine español: el embarazo adolescente, sus consecuencias institucionales, el peso de una maternidad no elegida. Si en Las niñas la cámara acompañaba el despertar de una conciencia, aquí es distinta. Reconoce que fue un rodaje exigente, radicalmente opuesto en ritmo y textura al anterior. Y sin embargo la misma lógica subyace: contar lo que pocas veces se cuenta, sin el consuelo de un mensaje tranquilizador. Hay una frase que la cineasta repite en distintos contextos y que funciona como un manifiesto silencioso: no se trata de cómo hay que hacer las cosas, sino de cómo las quiero hacer yo. 

Que Las niñas se estrenara en pleno confinamiento y aun así acumulara premios —con Natalia de Molina escribiendo cartas para conseguir financiación, y expectativas a cero— podría leerse como un golpe de suerte. Pero hay otra lectura más acertada: la de una película que llegó cuando llegó porque llevaba el tiempo necesario gestándose, y que encontró a su público porque este también llevaba tiempo sin verse reflejado. La fidelidad a una misma no es subjetivismo, es la apuesta de que lo más personal es también lo más compartible.

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