Entrevista a José Luis Melero – Escritor y bibliófilo

Es imposible definir a José Luis Melero con un único adjetivo o conocerlo por una sola de sus facetas, pues es una de esas personas que llevan Aragón por bandera y cuyo trabajo por y para la comunidad abarca diferentes ámbitos. Escritor y bibliófilo, Melero cuenta con una biblioteca particular de 35.000 ejemplares, una verdadera joya digna de admiración para cualquier amante de la literatura. Además de escribir ensayos, columnas, artículos, poesía y crítica literaria, Melero ha sido también fundador de la revista Rolde y colabora en múltiples publicaciones escritas. Hijo Predilecto de la Ciudad de Zaragoza, también cuenta con otras pasiones como son viajar, el arte, la jota y el Real Zaragoza.

¿Cómo comienza su pasión por los libros?
Mi pasión por los libros comienza desde niño. Siempre me recuerdo leyendo y aún me acuerdo de los primeros libros que compré. Los primeros libros de los que guardo memoria los compré en 1972 y fueron Sin y El despoblador de Samuel Beckett en los míticos Cuadernos Marginales de Tusquets, con traducción de Félix de Azúa, la Antología de la poesía romántica española de Manuel Altolaguirre en Austral, y las Obras completas de Miguel Labordeta en la colección Fuendetodos, este último –lo tengo fechado– el 20 de octubre de ese año. Tenía yo por entonces quince años.

¿Usted es de lecturas ordenadas y planificadas o va leyendo según le va apeteciendo?
A mí me interesa casi todo y, siguiendo a Terencio, nada de lo humano me es ajeno, así que mis intereses son muchos y muy variados. Pero mis preferencias han ido siempre por la poesía y la narrativa, la bibliografía, la historia de España de los siglos XIX y XX, la guerra civil y los libros raros y curiosos de la bohemia, que, junto a los libros aragoneses, serían más o menos algunos de los temas a los que he dedicado, en épocas y momentos diferentes, cierta atención en mis no pocos años de lector.

Es un gran bibliófilo pero rechaza el término coleccionismo. ¿Se confunden ambos términos con frecuencia? ¿Podría explicarnos la diferencia?
Me molesta el término coleccionismo. Los coleccionistas son aquellos que guardan y almacenan vitolas de puros, sellos, alfileres de corbatas, figuritas de porcelana de las más variadas tipologías… Eso a mí no me interesa. El buen bibliófilo ama los libros y los busca como lo que son: un vehículo de transmisión de cultura. Los busca para leerlos y para estudiarlos, para recuperarlos del olvido, para rescatarlos de zaquizamís y sótanos donde estaban condenados a una muerte segura…, pero no para coleccionarlos. Eso no quiere decir que todos los bibliófilos lean los libros que compran, pues hay muchos que sí tienen un perfil coleccionista. Pero esos son, para mí, el último escalón de los bibliófilos y no me interesan nada. Yo sólo pongo en valor la figura de los bibliófilos lectores, la de aquellos que buscan los libros y sólo desean llegar a casa para ponerse a leerlos.

¿Le gusta prestar sus libros?
Jamás. Nunca presto libros. Los dejo consultar en casa o hago fotocopias de ellos, pero no salen de mi biblioteca. Hay que pensar que muchos son ejemplares muy raros que, de perderse, sería casi imposible hallar de ellos otro ejemplar. Mi biblioteca está siempre a disposición de todos…, pero en mi casa. Aún así, todas las normas tienen sus excepciones y a los amigos más íntimos, a esos que sé que me van a cuidar los libros como si les fuera la vida en ello, sí se los presto.

¿Alguna vez le han hecho ofertas para comprar alguno de sus libros y se ha negado?
Sí, algunas veces. Pero yo no vendo libros, claro. Eso es cosa de los libreros. Yo los compro, no los vendo. Lo que sí he hecho en ocasiones es cambiar unos libros por otros. Si yo tengo un libro que ya no me interesa mucho y un librero tiene uno que me interesa a mí, y él a su vez estaba buscando el mío para vendérselo a otro cliente, lo hemos cambiado. Pero eso no es fácil de que ocurra y lo he hecho pocas veces.

¿Por qué cree que leemos? ¿Por qué lee usted y por qué lo considera algo necesario?
Porque es imprescindible para vivir, porque los libros nos hacen más cultos y más libres, porque cuanto más sabes, más sabes que no sabes nada y más quieres aprender, porque el conocimiento es una de las grandes ambiciones del hombre, y el conocimiento está en los libros.

¿Cómo se convence a alguien que no tiene interés por la lectura para que abra un libro?
Diciéndole que si no lee sólo vivirá una vida: la suya. Pero si lee podrá vivir muchas vidas: las de todos aquellos protagonistas de los libros que lea. La lectura de un libro sobre, por ejemplo, la guerra de África, te hará vivir esa guerra y conocer esa época como si tú hubieras estado allí. Y así con todo. ¿Por qué perdernos la oportunidad de vivir otras experiencias, de conocer otros tiempos y otras historias?

¿Vivimos un buen momento para la literatura?
Desde luego. Yo creo que hay más y mejores escritores que nunca, lo cual no es casual pues la cultura, que antes estaba limitada a unos pocos, hoy se extendido afortunadamente a amplios sectores de la sociedad. Es normal, por tanto, que salgan muchos y buenos escritores. Cuando sólo sabían leer y escribir unos pocos privilegiados era más difícil que surgieran grandes escritores.

¿Y para la lectura?
También. Lo que ocurre es que en estos tiempos los soportes tradicionales están dejando paso a otros nuevos. Ahora se lee mucho por internet (la prensa, por ejemplo) y los libros y los periódicos en papel han sufrido y sufren mucho con las nuevas tecnologías, especialmente la prensa escrita. Pero los libros aguantan bien, porque a la gente le sigue gustando mayoritariamente leer en papel.

La magia de ir a una librería, ¿se pierde en la era Amazon?
Por supuesto. Hay que hacer una defensa cerrada de las librerías y de mantener la costumbre de visitarlas y de comprar en ellas. Uno en Amazon puede comprar el ejemplar que busca, pero no experimentará el placer de sentirse rodeado de libros, de ver sus cubiertas, de acariciar sus páginas, de poder elegir uno o varios entre muchos. Eso sólo ocurre cuando vas a una librería. Y tenemos la responsabilidad ética y moral de apoyar a los libreros para que sus negocios puedan ser rentables. Uno no puede ni imaginar lo que sería una ciudad sin librerías independientes.

El 2019 nos dejó alguna mala noticia como el cierre de la librería Los portadores de sueños en Zaragoza. ¿Hay algún resquicio de esperanza para la lectura y las pequeñas librerías en 2020?
Quiero creer que sí. Zaragoza es una ciudad suficientemente importante para que en ella tengan sitio unas cuantas buenas librerías independientes. Pero conozco bien el caso de Los portadores de sueños, sé de su esfuerzo, preparación y capacidad de trabajo, y aún así las cosas no les fueron bien. No es nada fácil mantener una gran librería abierta si no trabajas el libro de texto.

¿Qué opinión le merece el libro electrónico?
Yo no tengo libro electrónico. A mí me gusta el papel, me gusta acariciar los libros y me gusta tener los libros cerca de mí. Pero creo que ambos soportes no son incompatibles. Para no tener que cargar con una maleta de libros en los viajes, para personas con problemas de visión que pueden aumentar el tamaño de la letra a voluntad…, el libro electrónico puede ser útil. Pero la magia del libro impreso nunca la tendrá un libro electrónico. Eso lo sabe cualquiera y casi da vergüenza explicarlo.

Usted es uno de los principales estudiosos de la literatura aragonesa, ¿qué libros imprescindibles sobre Aragón podría recomendarnos?
Hay tantos que es dificilísimo hacer una selección. Hay muchos libros aragoneses muy importantes. Yo me quedaría con las Rimas, de los Argensola, las Bibliotecas, de Latassa, La Serafina o el Bosquejillo de la vida y escritos, de José Mor de Fuentes, la Vida de Pedro Saputo, de Braulio Foz, Imán, de Sender, las Obras Completas, de Miguel Labordeta, La edad de plata, de José-Carlos Mainer, El castillo de la carta cifrada, de Javier Tomeo y El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón.

¿Somos los aragoneses lo suficientemente conocedores de nuestra propia literatura?
Pues no les he preguntado a todos para saberlo, pero yo creo que hay mucho interés por la literatura escrita por aragoneses y en las ferias del libro o en el día de San Jorge siempre los autores más vendidos suelen ser autores aragoneses.

¿Qué autor o autores aragoneses querría poner usted en valor para el gran público?
Muchos también, que no caben aquí ni puedo citarlos a todos: José-María Matheu, José- María Llanas Aguilaniedo, José-Ramón Arana, Tomás Seral y Casas, Ángel Samblancat, Julio Bravo, José-María Castro y Calvo, Carlos Mendizábal, Carlos Baylín, Juan-Ramón Masoliver, José-Antonio Giménez Arnau, Miguel Buñuel, Julio Alejandro, Julián Gállego, Maruja Collados, Manuel Derqui, José-Vicente Torrente, Rosa-María Cajal, Rosa-María Aranda, Alfonso Zapater, Pilar Narvión, Gabriel García-Badell, Andrés Ruiz Castillo, Eduardo Valdivia, Ana-María Navales, Manuel Estevan, Ramón Gil Novales, Alfredo Castellón, Carlos Clarimón, Rosendo Tello, Fernando Ferreró, Ángel Guinda, Emilio Gastón, José- Antonio Rey del Corral, Luciano Gracia, José- Ignacio Ciordia, Julio-Antonio Gómez, Guillermo Gúdel, Miguel Luesma, Manuel Pinillos, Joaquín Sánchez Vallés, Luis-Carlos Moliner, Antonio Altarriba, Javier Barreiro, José-María Conget, Carlos Castán, Antón Castro, Félix Teira, Ismael Grasa, Javier Sebastián, Rodolfo Notivol, Fernando Sanmartín, José-Luis Rodríguez, Miguel-Ángel Ortiz Albero, Miguel Serrano, Cristina Grande, Ángel Gracia, Mariano Gistaín, Santiago Gascón, Julio-José Ordovás, Joaquín Berges, Miguel Mena, Daniel Gascón, Ángela Labordeta, Juan Marqués, David Mayor, Enrique Cebrián, Aloma Rodríguez, Patricia Esteban, José Giménez Corbatón, Daniel Nesquens, Agustín Sánchez Vidal, Francisco M. López Serrano, José Verón, Patricia Almárcegui, Cristina Fallarás, Antonio G. Iturbe, Teresa Garbí, Eva Puyó, Jorge Sanz Barajas, Víctor Juan, Olga Bernad, Virginia C. Aguilera, Miguel Carcasona, Juan Villalba, Pedro Bosqued, María Pérez Heredia, Ramón Acín, María-Pilar Clau, Miguel-Ángel Yusta, Severino Pallaruelo, David Giménez, Chesús Yuste, Octavio Gómez Milián, Luisa Miñana… Hablo sólo de los que han tenido tal vez menos reconocimiento por parte del gran público del que merecen. Luego hay otros muchos cuyos libros han llegado a muchas capas de la población: Joaquín Dicenta, Santiago Lorén, Manuel Vilas, Luz Gabás, Ana Alcolea, David Lozano, José Luis Corral, Sergio del Molino, Juan Bolea, Javier Sierra, Magdalena Lasala, Begoña Oro, María Frisa o Irene Vallejo, podrían ser algunos ejemplos. Y finalmente estarían los que ya figuran en el canon: Mor de Fuentes, Braulio Foz, Benjamín Jarnés, Ramón J. Sender, Ildefonso-Manuel Gil, Miguel y José-Antonio Labordeta, Javier Tomeo, Soledad Puértolas o Ignacio Martínez de Pisón. Y aún faltaría hablar de quienes han escrito en aragonés y en catalán: Francho Nagore, Ánchel Conte, Chusé-Raúl Usón, Jesús Moncada, Edmón Vallés, Desideri Lombarte… Como se ve la nómina de escritores aragoneses es extensísima y aún podríamos hacer otras tres o cuatro listas como ésta.

¿Qué trabajo o iniciativa literaria le ha impactado o sorprendido más en los últimos años?
El excelente trabajo de dos grandes editoriales aragonesas: Xordica y Contraseña. Y la dedicación ejemplar y obstinada de Trinidad Ruiz Marcellán a la edición de poesía.

Un libro que releería sin cansarse es…
El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince. Lo he recomendado tanto, que creo que me debería dar parte de sus derechos de autor. Se lo dije cuando lo conocí, se echó a reír, pero no se dio por aludido.

¿Sobre qué temas o qué géneros prefiere leer?
Lo he dicho antes: además de los libros que versan sobre Aragón, poesía y narrativa, bibliografía, historia de España de los siglos XIX y XX, guerra civil y los libros raros y curiosos de la bohemia. Nunca libros de ciencia-ficción, género que aborrezco. Y cada vez más, con el paso de los años, ensayos políticos y biografías.

Una biblioteca de 35.000 ejemplares, ¿cómo se mantiene?
Con un esfuerzo ciclópeo. Y con una gran mujer a mi lado que lo entiende y lo consiente.

¿Anda detrás de algún libro que le esté resultando imposible encontrar?
Primavera portátil, de Adriano del Valle, uno de los más hermosos libros de poesía que se han editado nunca, y las primeras ediciones del poeta José María Hinojosa. Ahora han salido dos de estas últimas en una subasta, pero a un precio prohibitivo para mí. Nunca he perdido la cabeza por comprar un libro y si lo que me piden no lo puedo pagar, dejo que el libro siga su camino sin sufrir demasiado. Hay demasiados libros buenos para volvernos locos por unos pocos.

Ensayos, columnas, artículos, poesía, crítica literaria… ha escrito una docena de libros ¿para cuándo una novela?
No, yo no escribo narrativa. Las novelas, de momento al menos, se las dejo a otros.

¿Sobre qué temas le apasiona escribir?
A mí me gustan los saberes no codificados, lo que no está en el canon ni en los manuales. Lo que más me gusta es escribir sobre autores raros y curiosos, sobre los arrabales de la literatura. O contar cosas de escritores importantes que apenas se conocen o se recuerdan.

¿En qué proyectos está trabajando actualmente?
En una ponencia que he de presentar en La Cadiera, una asociación cultural aragonesa en la que, por riguroso turno, los socios presentan un trabajo original que luego se edita en unos folletos que son buscadísimos por su corta tirada y escasa difusión.

Usted escribe en la revista Rolde, de la que también es fundador, una de las más viejas de Aragón. ¿Para qué otras publicaciones escribe?
El milagro de la revista Rolde no tiene parangón. Llevamos 43 años haciendo la revista, que sólo se mantiene con las cuotas de sus socios y suscriptores. En ella he escrito mucho, pero ahora prefiero que publiquen los más jóvenes, que son quienes tienen ilusión de verdad. En Rolde comenzaron Ignacio Martínez de Pisón, Félix Romeo, Fernando Sanmartín, Chesús Bernal, Vicente Pinilla, Bizén Fuster, Antonio Peiró, Carlos Serrano y tantos otros. Ahora la dirige mi amigo Javier Aguirre, un zaragozano profesor de Filosofía Antigua en la Universidad del País Vasco y traductor de Aristóteles al euskera. Yo escribo semanalmente en Heraldo de Aragón desde hace muchos años y en la revista turolense Turia, donde Raúl-Carlos Maicas me invita generosamente a hacer crítica literaria; y de vez en cuando en La Magia de Viajar por Aragón y en El Ebro, porque estoy en el Consejo de Redacción de ambas revistas.

Háblenos brevemente de los reconocimientos que ha obtenido hasta ahora y cuáles han significado más para usted.
Bueno, eso de hablar de los reconocimientos de uno no es muy elegante. Yo prefiero que eso lo digan los demás. En general, creo que la vida me ha tratado muy bien y que he recibido muchos detalles de generosidad, afecto y cariño.

¿Qué significa Aragón para usted?
Yo soy aragonesista convicto y confeso desde que tengo uso de razón. Fundé con cuatro amigos, en 1977, el Rolde de Estudios Aragoneses, fui uno de los fundadores de Chunta Aragonesista en 1986, fui presidente de la Fundación Gaspar Torrente para la investigación y desarrollo del aragonesismo, que habíamos fundado en 1998 con José Antonio Labordeta, Eloy Fernández Clemente (que fue su primer presidente), Gonzalo Borrás y Emilio Gastón… Allí donde ha habido que estar para defender a Aragón, allí he estado yo siempre. Para mí, el aragonesismo debería estar por encima de las cuestiones políticas.

Usted es Hijo Predilecto de la Ciudad de Zaragoza, un embajador y representante de Aragón. ¿Cómo se lleva tal responsabilidad?
El ser Hijo Predilecto de tu ciudad es uno de los títulos más hermosos con los que uno puede adornarse. Yo creo, honradamente, que soy un buen hijo de Zaragoza y de Aragón, de esos que han querido a su ciudad y a su país entrañablemente y que les ha dedicado buena parte de su vida y muchos de sus afanes. Y creo que mi carácter (cordial y tolerante con todos, amigo de sumar y de unir, y no de restar y separar, de vocación europeísta y universal) ayuda a comprender muy bien que se puede ser muy aragonesista y, a la vez, estar comprometido con el bien común de todos los españoles, que se puede ser muy viajero y muy lector (como es mi caso) y no por ello renunciar a nuestras viejas costumbres y tradiciones. Y mucho menos, menospreciarlas. Vamos, que defender nuestras cosas no sólo no es cateto ni provinciano, sino todo lo contrario.

Cuando hablen de usted en el futuro, ¿cómo le gustaría que le recordaran? ¿Cómo querría que se recordase su relación con Aragón?
Me gustaría que un día lejano, en los libros de texto para las escuelas, hubiera alguna nota a pie de página en la que se dijera “Estos señores trabajaron denodadamente por entregar a sus hijos un Aragón mejor del que recibieron”. Y que entre esos señores figurara yo. Y que se añadiera a continuación: “Fue uno de los grandes amigos de José Antonio Labordeta”.

  1. También es miembro de la Academia de San Luis, ¿Qué labores desempeña ahí?
    Soy miembro de su Junta de Gobierno, en mi condición de bibliotecario de la Academia, una Academia fundada en el siglo XVIII. Sus fundadores lograron que se elevara a rango de Real Academia la Escuela de Dibujo fundada en 1784 por la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, con objeto de poder impartir en la capital de Aragón clases de pintura, escultura, arquitectura y grabado. La Academia ha tenido desde hace 225 años esa vocación de servicio. A la Academia de San Luis han pertenecido aragoneses tan ilustres como Juan Antonio Hernández Pérez de Larrea, Martín Zapater, Antonio Arteta de Monteseguro, José Nicolás de Azara, Francisco de Goya, Lorenzo Normante, Pedro María Ric o el conde de Sástago, y también Bayeu, Barbasán, Gárate o Pradilla. Y ya en nuestros días José Luis Borau, Aurora Egido (la actual secretaria de la RAE) o Leonardo Romero Tobar, cuya medalla es la que ahora me corresponde a mí. Es un gran motivo de alegría formar parte de la decana de las Academias aragonesas, de una corporación con una historia tan extraordinaria.

Fue fundador de Chunta Aragonesista. ¿Qué relación mantiene actualmente con el partido?
Yo nunca me he dedicado a la política y nunca he tenido cargo orgánico o institucional alguno. He trabajado por el aragonesismo en los ámbitos culturales, pero no en los políticos. Ellos saben que estoy a su lado, pero ni me dan trabajo ni me piden sacrificios. Mi pertenencia a CHA es de corte simbólico y ejemplificante, pues quiero creer que algunos pensarán: “Hombre, si está ahí Melero, es que son gente sensata y de fiar”. Pero como soy fundador, tengo toda la credibilidad y no soy rival para nadie (pues nada pido ni a nada aspiro), sí que soy escuchado y atendido, pues saben que sólo busco lo mejor para ellos, que confío en que sea lo mejor para Aragón.

La jota es otra de sus aficiones. ¿Qué significa la jota para usted?
Soy un gran aficionado y he escrito no poco sobre ella. La jota, no hace falta explicarlo a estas alturas, es una de las manifestaciones culturales más antiguas del pueblo aragonés. En el archivo del Pilar se conserva un villancico del siglo XVII, compuesto por José Ruyz Samaniego en 1666, “De esplendor se doran los ayres”, en el que muchos expertos han reconocido variaciones de la jota aragonesa. Y Cosme Blasco nos recordó que en pleno siglo XVIII, en el Coplerillo zaragozano que Vicente Fernández de Córdoba y Alagón, Conde de Sástago, mandó recopilar e imprimir en 1783, también se recogieron antiguas coplas. La jota, pues, existía ya en los siglos XVII y XVIII, aunque fue en el siglo XIX cuando adquirió pujanza y comenzó a cantarse y bailarse en todo Aragón. Hoy, en pleno siglo XXI, continúa viva en nuestro pueblo y cada día hay más  cantadores y bailadores. Tenemos la obligación de cuidarla y protegerla, como si fuera un ejemplar incunable de nuestros Fueros.

Otra de sus aficiones preferidas es el fútbol. ¿Cómo es su relación con el Real Zaragoza?
De felicidad, pues siempre se siente uno muy feliz siendo del mejor equipo del mundo. A mí el Zaragoza me ha dado mucha más felicidad que disgustos, le he visto ganar nueve títulos oficiales, le he visto casi siempre en Primera (excepto algún descenso aislado y estos últimos siete años malditos), he sido Consejero del club, visité decenas de peñas por todo Aragón y soy abonado desde niño. Mi padre también lo es (desde los años 50 ininterrumpidamente) y lo es mi hijo, mi hermano y mi sobrino. Somos una familia de zaragocistas, porque no se puede ser de ningún otro equipo sino del de tu ciudad. Es lo natural, querer a los tuyos y preocuparte de los tuyos. Yo nunca entiendo cómo un zaragozano puede ser del Madrid o del Barcelona, o de cualquier otro equipo. Escribí una vez en Heraldo de Aragón un artículo que titulé: “Ser del Zaragoza, lo natural”, y me encuentro con muchos zaragocistas que me dicen que lo tienen recortado y guardado. Pero he de decir que a mí no me gusta mucho el fútbol. Sólo me gusta que gane el Zaragoza.

  1. ¿Qué otras aficiones tiene?
    Viajar, que es una de las cosas que más hacemos en mi familia. Todos los años nos vamos al extranjero. Llevamos haciéndolo más de 35 años, siempre con mis hijos. Me gustan mucho también el cine, la pintura y el arte en general. Y comer en buenos restaurantes, que no siempre son los más caros, sino muy a menudo todo lo contrario.

Háblenos de su familia.
Mi mujer es catedrática de Universidad y fue la primera mujer catedrática en su especialidad en España, con solo 35 años. Me ha consentido vivir en una biblioteca, así que sólo puedo decir cosas buenas de ella. Por si las moscas, sobre todo. Tengo dos hijos: Iguácel y Jorge. Extraordinarios los dos, aunque ¿qué va a decir su padre? A todos nos parecen extraordinarios nuestros hijos, pero en este caso lo son. Mi hija sigue los pasos de su madre y mi hijo es médico y está haciendo la residencia en Cardiología.

¿Comparten sus hijos su pasión por la lectura?
Sí, aunque las cosas que les interesan no son por lo general las que me interesan a mí. Ellos no saben quién es Armando Buscarini, ni maldita falta que les hace.

¿En qué asociaciones participa?
Estoy metido en tantos líos, que a veces pierdo ya la cuenta. Si no fuera por mi agenda (todavía a mano y de bolsillo), mi vida sería imposible.